Renán Martínez Casas

Apoyé decididamente la primera postulación de Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia, pero no en las internas de los siguientes dos procesos porque no creo en caudillos. Tampoco estuve de acuerdo en las postulaciones de Andrés Manuel López Obrador porque tuve claro su talante echeverrista con todo lo que tiene de priismo hegemónico y presidencialismo autoritario. En todos esos procesos, sin embargo, los apoyé en las constitucionales y voté por ellos porque había un programa que impulsar con el que me identifiqué, porque confío en las instituciones electorales que tan difícilmente hemos construido y porque así debe actuar un demócrata. No es el caso en la elección actual.

No hay un programa ni de izquierda, mucho menos liberal, propuesto por algún candidato con el que esté de acuerdo y que esté siendo discutido por los ciudadanos. “Habrá que elegir entre tres variantes de la derecha, con algunos toques de izquierda en algunas de ellas. Mi pesimismo es grande»[1], ha dicho Roger Bartra. Pero peor aún, no hay programa alguno: “hasta ahora, lamentable, no hay campaña. Hay golpes, pero programas no he visto.”, analiza Jean Meyer[2]. En su lugar hay encono y ambición de poder, corrupción, crimen e impunidad, pobreza intelectual y política.

Más grave que eso, el desgaste de nuestra ineficaz democracia y la desmesura de una economía neoliberal que banaliza la vida cotidiana, ha hecho de nosotros, el electorado, una masa informe de enojo y maniqueísmo, de prejuicios y dogmatismo, de intolerancia y abierto fanatismo, en fin, de ignorancia y desinformación de los que nadie estamos exentos.

Las elecciones, digo, nos reflejan cual espejo. Los candidatos y sus partidos no surgieron ni existen aislados de la sociedad que somos nosotros, son su producto, producto de nuestra interacción política, de nuestra deplorable calidad ciudadana.

En esta circunstancia, importan más que una decisión electoral personal, la restitución de un diálogo público informado, autocrítico y democrático, develar la verdad detrás de la falsedad, documentar el análisis y la opinión, así como anteponer la racionalidad a la visceralidad. Son estas tareas indispensables y urgentes si es que en algo podemos y queremos mejorar nuestra participación en los asuntos públicos.

Estas elecciones necesitamos fomentar un diálogo del que todos nos beneficiemos, abdicar de pretender tener la razón, deponer falacias argumentativas e insultos porque no son argumentos, defender la inteligencia del autocuestionamiento, cuestionarnos, omitir desviar la atención del punto central del debate, alejarse del orgullo de solamente defender candidatos o partidos, enfocarse en las ideas y no por lo bien que su discurso empata con nuestros juicos previos, recuperar la reflexión, el intercambio plural de ideas.

Desde esta perspectiva y aunque no soy optimista, bajo la denominación genérica de Espejo electoral habré de aportar, con sincera modestia, mi grano de arena desde esta tribuna electrónica que generosamente me ofrece EnfoqueOaxaca.com. Asumo el riesgo de atascarme en mis propios prejuicios y errores.

Comprendo que en esta ruta, mis opiniones causen molestia a algunos, incluso a apreciados amigos. Quién comprenda que tanto el intercambio público como la amistad corren por muchas otras vías más amplias y gozosas que las elecciones, habrá de ser, al menos, tolerante. Quien no, quien tome mis puntos de vista de manera personal, no es  mi interlocutor ni en realidad un amigo.

Es esta mi posición política, mi óptica periodística, mi propósito ciudadano. Sea pues, dialoguemos, que breve será.

[1] “No hay opción de Izquierda”, entrevista de Zedryk Raziel a Roger Bratra. Reforma. 25 de marzo. 2018.

[2] “Ni López Obrador es Hugo Chávez, ni México es Venezuela”, entrevista de Cecilia Ballesteros  a Jean Meyer. El País. 23 de marzo 2018.