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Fuera de foco
Venezuela, la infancia bajo los escombros
Por: Renán Martínez Casas
Durante algunos días, la atención internacional concentrada en el mundial de futbol se salió de foco con la magnitud de los dos terremotos consecutivos que sacudieron Venezuela el pasado 24 de junio. Las imágenes de edificios derrumbados, las cifras preliminares de víctimas y los reportes sobre las labores de rescate ocuparon los espacios informativos. Apenas una historia consiguió atravesar el ruido del Mundial: la de Andrés Mieles, el niño que perdió a su familia y una pierna, convertido por unos días en noticia porque uno de los grandes ídolos del futbol, Cristiano Ronaldo, decidió tenderle la mano. Miles de niñas y niños más nunca tuvieron esa visibilidad.
Pero, conforme pasaron los días, el desastre comenzó a desaparecer de las portadas. Sin embargo, entre los escombros quedó la historia de miles de niñas, niños y adolescentes cuya dimensión todavía hoy sigue siendo imposible conocer con precisión.
La tragedia infantil quedó prácticamente fuera del relato oficial porque la dictadura venezolana fue incapaz ofrecer una radiografía confiable sobre lo que ocurrió con ellos. Cuántos murieron, cuántos siguen desaparecidos, cuántos fueron separados de sus familias, cuántos permanecen hospitalizados o cuántos requerirán atención física y emocional durante los próximos años son preguntas que, varias semanas después del desastre, siguen sin encontrar una respuesta completa.
Esa ausencia explica la importancia del extraordinario trabajo, Los niños del terremoto, realizado por un grupo de periodistas de La Vida de Nos, quienes decidieron reconstruir una fotografía que el aparato dictatorial nunca ofreció. Revisaron miles de registros provenientes de plataformas ciudadanas, depuraron información repetida y cruzaron datos durante días para acercarse, apenas, a una dimensión aproximada de la tragedia.
El resultado es tan valioso como doloroso. Lograron identificar a 2 mil 562 niñas, niños y adolescentes afectados por el terremoto. De ellos, más de 400 permanecían sin ser localizados al momento de concluir la investigación. La cifra podría ser mayor. Los propios periodistas advierten que se trata de una fotografía incompleta porque la información disponible es fragmentaria, está llena de vacíos y fue construida a partir del esfuerzo de ciudadanos que buscaban desesperadamente a sus familiares.
Hay un momento especialmente conmovedor en ese reportaje. Los autores explican que eliminaron mil 865 registros duplicados. No eran errores informáticos en sentido estricto. Muchas veces se trataba del mismo niño registrado una y otra vez por familiares, vecinos o personas que intentaban ayudar. Una misma niña aparecía varias veces porque varias personas seguían buscándola. Un mismo adolescente figuraba en distintas listas porque la esperanza también puede repetirse. Detrás de cada duplicado había angustia, incertidumbre y una familia negándose a aceptar la desaparición de uno de los suyos.
Los periodistas escriben una frase que resume toda la investigación: «No son registros: son personas». Vale la pena detenerse en ella porque devuelve humanidad a una tragedia que fácilmente podría reducirse a porcentajes y bases de datos. Hablar de infancia después de un evento natural de estas consecuencias nunca significa hablar únicamente de víctimas fatales. Significa hablar de niñas y niños que perdieron su casa, su escuela, sus amigos, sus rutinas y, en muchos casos, a quienes representaban su principal refugio: sus propios padres.
Los desastres naturales suelen medirse por la cantidad de viviendas destruidas, la infraestructura perdida o el monto de los daños económicos. Son indicadores necesarios, pero insuficientes. Hay pérdidas que no aparecen en los balances oficiales porque no pueden cuantificarse con la misma facilidad. La infancia pertenece a ese territorio. El miedo prolongado, la ruptura de los vínculos familiares, la interrupción de la vida escolar y la incertidumbre sobre el futuro dejan huellas que permanecen mucho después de que terminan las labores de rescate y comienzan los trabajos de reconstrucción.
La infancia vive las catástrofes de una manera distinta. Los adultos pueden comprender que la reconstrucción llevará tiempo o dimensionar la magnitud de lo ocurrido. Un niño no. Para ellos, el terremoto no termina cuando dejan de temblar la tierra o los edificios. Continúa cada noche de miedo, en cada ausencia, en cada traslado a un refugio, en cada hospital y en cada pregunta para la que todavía nadie tiene respuesta.
Por eso resulta tan grave que la dictadura venezolana haya relegado a la niñez al plano de lo invisible. Después de una tragedia de esta magnitud, la prioridad absoluta tendría que ser identificar a cada menor afectado, reunir a las familias separadas, garantizar atención médica y psicológica, reconstruir las escuelas y ofrecer certeza sobre el destino de quienes siguen desaparecidos. Nada de eso puede hacerse seriamente cuando ni siquiera existe un diagnóstico público confiable sobre la situación de la infancia.
Esa ausencia de información tiene consecuencias concretas. Sin saber con precisión quiénes son los menores afectados, dónde se encuentran o cuáles son sus necesidades, resulta imposible diseñar políticas eficaces de atención, reunificación familiar, educación o salud mental. Cada dato que falta representa un niño que corre el riesgo de quedar fuera de la ayuda que necesita. En una emergencia de esta magnitud, la información deja de ser un asunto burocrático para convertirse en una herramienta de protección de la vida.
Toda dictadura revela su verdadera naturaleza cuando enfrenta una emergencia. Es en esos momentos cuando quedan al descubierto sus prioridades. Mientras miles de familias buscaban desesperadamente a sus hijos, el régimen fue incapaz de ofrecer respuestas elementales. Mientras periodistas y ciudadanos reconstruían nombres, edades y destinos, el poder seguía sin proporcionar una fotografía completa de los menores afectados. Esa incapacidad no es la expresión de un régimen que coloca la preservación de sí mismo por encima de las personas, incluso cuando esas personas son niñas y niños.
Hay tragedias que matan dos veces. La primera bajo los escombros. La segunda cuando quienes sobreviven dejan de ocupar el lugar que merecen en las prioridades del poder. El abandono no siempre adopta la forma del derrumbe; también aparece cuando el sufrimiento de miles de niños deja de ser urgente para quienes gobiernan.
La reconstrucción de Venezuela exigirá levantar viviendas, hospitales, escuelas y caminos. Todo eso será indispensable. Pero existe otra tarea prioritaria: devolverle seguridad, esperanza y futuro a una generación marcada por el miedo.
Cada niña o niño que continúa desaparecido, cada familia que sigue buscando respuestas y cada vacío que persiste en torno a esta tragedia constituyen una acusación moral contra la dictadura. Porque ningún régimen puede proclamarse defensor de su pueblo mientras abandona a quienes más necesitan protección. La verdadera dimensión del terremoto no se mide únicamente por los edificios que cayeron, sino por la suerte de una infancia que quedó atrapada entre los escombros y la indiferencia de un poder que nunca estuvo a su altura.
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