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Fuera de foco
Pueblos mágicos en el olvido
Por: Renán Martínez Casas
En las últimas semanas, la conversación económica del país se ha concentrado casi exclusivamente en los aranceles, en la renegociación comercial y en la posición de México frente a sus socios del norte. El foco está puesto en la macroeconomía, en los flujos de exportación, en las cadenas globales y en los indicadores que importan a los mercados.
Nada de eso es irrelevante, pero, como suele ocurrir, mientras miramos obsesivamente hacia el poder, dejamos fuera de foco lo que ocurre en los territorios, en los pueblos, en las economías locales que sostienen la vida cotidiana de millones de personas. En particular, queda fuera de la conversación el desarrollo turístico comunitario y, con él, el destino de los Pueblos Mágicos.
En Oaxaca, esa omisión no es menor. El estado cuenta con seis localidades que recibieron esa denominación: San Pablo Villa de Mitla, Capulálpam de Méndez, Mazunte, Huautla de Jiménez, San Pedro y San Pablo Teposcolula y Santa Catarina Juquila. Seis territorios distintos, con historias, culturas y vocaciones diferentes, pero con algo en común: durante años encontraron en el turismo una palanca real de desarrollo local. No fue casualidad.
El Programa Pueblos Mágicos no nació como una ocurrencia estética ni como una simple campaña de imagen. En su diseño original implicaba diagnóstico, planeación, compromisos, seguimiento y corresponsabilidad entre autoridades, prestadores de servicios y ciudadanía. Era, con todas sus limitaciones, una política pública territorial.
Funcionaba como una certificación, sí, pero también como un sistema: obligaba a pensar el destino, a organizarlo, a mejorar servicios, a profesionalizar actores, a construir una identidad compartida. Más que un sello, era una metodología.
Su mayor valor no fue nunca el dinero —que siempre fue escaso—, sino la creación de una marca colectiva con respaldo institucional. Esa marca facilitaba acceso a financiamientos, atraía visitantes, incentivaba inversión y, sobre todo, generaba confianza. Los pueblos aprendieron a verse como proyectos.
Durante casi dos décadas, con resultados desiguales pero reales, ese modelo permitió que muchas comunidades diversificaran su economía, generaran empleo local y redujeran su dependencia de la migración o de actividades de subsistencia. Nada de eso fue espontáneo, sino producto de una política sostenida.

El problema es que, a partir de 2019, esa política dejó de ser prioridad. Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador, el gasto público fue reorientado de manera deliberada. Se eliminaron fideicomisos, se cancelaron fondos sectoriales, se eliminó la promoción turística internacional, se redujo la nacional enfocada en nuevos proyectos y se centralizaron recursos. El discurso fue el combate a la corrupción. El resultado fue el vaciamiento de múltiples programas territoriales.
Pueblos Mágicos no desapareció por decreto, se le retiró el oxígeno. Sin presupuesto, sin apoyos consistentes, sin política de promoción, sin acompañamiento técnico, el programa quedó reducido a un membrete administrativo. Existía en el papel, pero no en la práctica.
Al mismo tiempo, el gobierno concentró recursos en megaproyectos de alto impacto simbólico y mediático. Obras monumentales, visibles, políticamente rentables, pero con efectos económicos desastrosos para el país. Fue una decisión. No faltó dinero: cambió la prioridad. La lógica fue apostar por proyectos emblemáticos y por transferencias directas, aun a costa de debilitar políticas de desarrollo regional. El monumento sustituyó al territorio. Las grandes obras desplazaron al tejido local.
Con la llegada de Claudia Sheinbaum, esa orientación no se revirtió. Se reorganizó, se rebautizó, se envolvió en nuevas estrategias, pero no se reconstruyó el andamiaje financiero ni institucional que había sido desmontado. Hoy, los Pueblos Mágicos sobreviven más por inercia social que por respaldo público.
Lo hacen gracias al esfuerzo de familias, cooperativas, pequeños empresarios, artesanos, guías y restauranteros que siguen apostando por el turismo como forma de vida, pero ya sin apoyo autoridades. Lo hacen con recursos propios, creatividad y, muchas veces, con precariedad. Las consecuencias: estancamiento, informalidad, migración, pérdida de capacidades, deterioro de servicios.
Mientras celebramos récords nacionales de visitantes y divisas, las economías comunitarias se quedan al margen de ese crecimiento. El promedio nacional oculta la desigualdad territorial.
Se trata de entender que el desarrollo no ocurre sólo en los corredores industriales ni en los polos turísticos masivos. Ocurre —o deja de ocurrir— en pueblos donde el turismo era una estrategia de arraigo, de identidad y de futuro.
Hoy, muchos de esos pueblos enfrentan incertidumbre: ¿qué sigue sin esta política pública? Algunos miran hacia la agricultura, otros hacia el comercio informal, otros hacia la migración. Pero no intentan apostar por el conocimiento, por la tecnología, por nuevas formas de economía local. No buscan redefinir su vocación en un contexto adverso. Están solos, en el abandono institucional. Ese es, quizá, el dato más preocupante: el Estado renunció a acompañar sistemáticamente el desarrollo territorial.
Mientras discutimos tratados, aranceles y competitividad global, dejamos fuera de foco la base social de la economía. Olvidamos que sin comunidades viables no hay crecimiento sostenible. Que sin territorios vivos no hay nación fuerte.
Pueblos Mágicos fue, con todos sus defectos, un intento de articular identidad, economía y política pública. Su debilitamiento no es un asunto sólo económico, es un síntoma de un modelo que privilegia lo visible sobre lo vital.
Desarrollo sin territorio es, al final, una contradicción que estamos pagando en silencio.