Fuera de foco / La democracia en boca de Claudia

Publicado el: 20/04/2026

Tiempo de lectura estimado: 5 min

Fuera de foco

La democracia en boca de Claudia

Por: Renán Martínez Casas

Claudia fue a España. Fue a Barcelona a la Conferencia Anual de la Plataforma Global para la Democracia y el Desarrollo 2024, un encuentro que reunió a líderes y figuras políticas de distintos países bajo la bandera de la democracia, el desarrollo y la cooperación internacional.

Ahí coincidió con representantes y exmandatarios de países como España, Brasil, Colombia, Chile y Argentina, además de dirigentes vinculados a organismos multilaterales y plataformas globales. No fue a una cumbre de jefes de Estado en funciones para negociar tratados, ni a un espacio institucional de toma de decisiones vinculantes. Fue, con recursos públicos, en esencia, un foro político: un espacio de articulación, discurso y posicionamiento ideológico.

Ahí, Claudia habló de democracia. Dijo: “Cuando hablamos de democracia no es la de las élites, sino la del pueblo. No es la concentración en la riqueza, sino la de la distribución. No es la imposición, sino la participación. No es la guerra, sino la paz. No es la indiferencia y exclusión, sino la cooperación e inclusión”. Funciona en Barcelona. Aplauden.

Un país como México, donde el Poder Legislativo es controlado por una mayoría artificial que vota iniciativas del Ejecutivo no sólo sin discutir, sino incluso sin leerlas; donde no se consulta, sino que se simula escuchar a los sectores sociales involucrados en cada tema; donde la pluralidad ciudadana está reducida a representaciones partidistas meramente testimoniales; donde las leyes y los votos son moneda de cambio de privilegios, no es una democracia.

Un país como México, donde el Poder Judicial ha sido colonizado por jueces incompetentes, pero populares, ignorantes de las leyes, incapaces de expresar correctamente un solo argumento jurídico, ideológica y políticamente comprometidos con el movimiento gobernante —cuando no con intereses aún más oscuros—, no es una democracia.

Un país como México, donde el territorio es controlado por los criminales; donde hay regiones completas donde manda el narco y no el Estado; donde la violencia es una constante estructural; donde las fosas clandestinas se acumulan como evidencia de una tragedia normalizada, no es una democracia.

Un país como México, donde el sistema electoral ha dejado de ser un espacio de confianza para convertirse en un campo de disputa política permanente; donde el voto puede ser condicionado por la dependencia económica de millones de personas a programas sociales; donde las autoridades electorales son presionadas, deslegitimadas o cooptadas, no es una democracia.

México es una autocracia y, sin embargo, Claudia va a Barcelona a hablar de democracia.

No sólo eso. Claudia no fue a una reunión multilateral de jefes de Estado para firmar convenios de desarrollo, ni acuerdos de cooperación, ni tratados que beneficien directamente a los ciudadanos de sus países. No hubo firma de instrumentos jurídicos entre gobiernos. No hubo compromisos vinculantes. No hubo nada que obligue a nadie a nada.

Fue a otra cosa. Fue a un espacio de coordinación política, de narrativa compartida, de validación mutua entre liderazgos que comparten una misma visión del poder. Un foro donde la democracia se redefine, se estira, se acomoda hasta caber en proyectos políticos que, en los hechos, concentran poder, debilitan contrapesos y administran la legalidad según convenga.

No es casualidad el tipo de interlocutores. No es casualidad el lenguaje. No es casualidad el énfasis en conceptos como “bienestar”, “pueblo”, “transformación”. En ese ecosistema, la democracia no es un sistema de reglas, límites y equilibrios. Es sólo un relato.

Un relato donde ganar elecciones justifica todo. Donde la legitimidad de origen sustituye a la legalidad en el ejercicio del poder. Donde el respaldo popular se usa como cheque en blanco para desmantelar instituciones, capturar órganos autónomos y redefinir las reglas del juego. Eso es lo que estamos viendo en México.

Por eso el viaje importa. No porque en sí mismo pruebe nada, sino porque revela con claridad con quién se alinea Claudia Sheinbaum, en qué espacios busca validación y bajo qué conceptos construye su discurso internacional. Lejos de ser un viaje de estado, esta visita expone las afinidades ideológicas del actual gobierno mexicano con un circuito global de líderes que comparten una misma visión del poder: una que prioriza el control político sobre las reglas institucionales. Claudia no fue a Barcelona a representar una democracia sólida y consolidada. Fue, más bien, a defender y legitimar una narrativa específica.

Esta narrativa sostiene que México sigue siendo democrático simplemente porque se celebran elecciones, aunque el resto de las instituciones se deterioren de manera sistemática. En ella, el bienestar social se presenta como un sustituto suficiente del Estado de derecho. La voluntad del pueblo —siempre interpretada y personificada por el Ejecutivo— se coloca por encima de cualquier límite constitucional o institucional, convirtiéndose en una especie de cheque en blanco para concentrar poder.

En este marco, Sheinbaum puede pararse con total naturalidad en Barcelona y afirmar que la democracia es el gobierno del pueblo. Porque, según su definición, eso basta. No importan los contrapesos, la división de poderes, las instituciones autónomas ni la legalidad estricta. Basta con invocar “el pueblo”. O mejor dicho: basta con quien dice representarlo de forma exclusiva.

México no es la democracia que Claudia describió en  ese foro internacional. Es un régimen que mantiene las formas electorales mientras desmantela las garantías democráticas. Y la cumbre de Barcelona no fue un encuentro neutral de ideas, sino un acto de propaganda política internacional entre líderes afines que, en sus respectivos países, avanzan en la misma dirección: la concentración de poder bajo el disfraz de la participación popular.

¿De qué democracia habla Claudia? La democracia en boca de Claudia es una monumental mentira.