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Fuera de foco
Exposición mundialista
Por: Renán Martínez Casas
A menos de un mes del inicio del Mundial de 2026, el entorno del Estadio Azteca se parece menos a una celebración futbolística que a una ciudad intentando terminar apresuradamente una obra pública gigantesca. Sobre Calzada de Tlalpan avanzan cierres viales, maquinaria pesada, rutas alteradas y trabajos nocturnos. Hay espectaculares de FIFA, campañas turísticas y promesas de movilidad moderna, pero también comerciantes afectados, vecinos cansados y usuarios atrapados diariamente en el caos urbano.
El contraste con 1986 aparece constantemente en conversaciones y programas deportivos. Existe la percepción que aquel Mundial sí se sentía como una fiesta nacional, mientras que el actual parece dominado por el marketing y los intereses comerciales. Más allá de la nostalgia, el Mundial ya no ocupa el mismo lugar emocional ni simbólico que antes.
El Mundial ordenaba el relato
México 70 y México 86 ocurrieron en un contexto político y mediático completamente distinto. El Mundial funcionaba entonces como una gran vitrina nacional. La televisión concentraba buena parte del relato público y permitía proyectar una imagen relativamente homogénea del país: moderno, hospitalario y capaz de organizar un evento global.
Eso no significaba ausencia de conflictos. En 1970, la represión de Tlatelolco seguía reciente y el gobierno buscaba recomponer su legitimidad internacional. En 1986, el país todavía enfrentaba las secuelas del terremoto y una crisis económica profunda. Sin embargo, durante algunas semanas el torneo conseguía imponer otra narrativa. México aparecía representado por estadios llenos, mariachi, color, hospitalidad y fútbol. El Mundial funcionaba como una versión idealizada del país.
También existía una apropiación popular mucho más visible. El torneo se vivía en barrios, mercados y calles. La Selección Mexicana podía no ser favorita, pero generaba una identificación emocional intensa. La diferencia no es solamente futbolística. Tiene que ver con cómo cambió el mundo alrededor del fútbol.
El fútbol dejó de controlar la conversación
Los Mundiales nunca fueron completamente ajenos a la política. Italia 1934 sirvió como propaganda fascista para Mussolini. Argentina 1978 fue utilizada por la dictadura militar para intentar limpiar internacionalmente su imagen mientras operaban desapariciones y centros clandestinos de detención. Pero incluso en esos casos, el espectáculo deportivo todavía lograba imponerse narrativamente sobre las críticas.
El cambio comenzó a acelerarse mucho después. Brasil 2014 marcó un punto importante porque el Mundial dejó de percibirse únicamente como fiesta deportiva y empezó a discutirse también como conflicto urbano y social. Las protestas contra el gasto público, la desigualdad y los desplazamientos colocaron en el centro una pregunta: quién se beneficia realmente de estos megaeventos.
Rusia 2018 añadió discusiones sobre autoritarismo y geopolítica. Pero fue Qatar 2022 el torneo que terminó de modificar la conversación global. No porque inaugurara las críticas, sino porque las convirtió en el eje dominante de la cobertura internacional incluso antes del inicio de los partidos.
Durante años, Qatar estuvo asociado a denuncias sobre explotación laboral, derechos de las mujeres, criminalización LGBT+, corrupción y “sportswashing”. Ahí ocurrió un cambio importante.
Los mundiales dejaron de ser vitrinas relativamente controladas por los gobiernos, las televisoras y la FIFA para convertirse en territorios de disputa global sobre la imagen de los países anfitriones. Redes sociales, periodismo de investigación y plataformas digitales modificaron completamente el equilibrio narrativo.
México 2026 bajo observación
México llega al Mundial de 2026 justamente bajo esa nueva lógica global. El torneo ya no será evaluado solamente por la calidad de los partidos o por el ambiente en los estadios. También funcionará como examen urbano, político y social.
Existe un orgullo legítimo: el Azteca será el primer estadio en albergar tres inauguraciones mundialistas y México será el único país anfitrión en tres ocasiones. Persisten además expectativas económicas relacionadas con turismo e inversión.
Sin embargo, incluso ahí las cifras obligan a poner las cosas en perspectiva. Los estudios más serios estiman que el Mundial aportará alrededor de 0.1 puntos al crecimiento del PIB mexicano y generará principalmente beneficios temporales y concentrados en sectores como hotelería, gastronomía y comercio en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. La derrama será real, pero limitada.
Mientras el gobierno insiste en el “legado” de infraestructura y movilidad, persisten dudas sobre costos y beneficios reales en un contexto de bajo crecimiento económico y rezagos estructurales que el Mundial difícilmente modificará.
A eso se suma un elemento todavía más delicado: México llegará al torneo cargando una imagen internacional asociada desde hace años a violencia criminal, desapariciones, corrupción y narcopolítica. Buena parte de la prensa internacional observará el Mundial preguntándose no sólo si habrá buena organización o estadios funcionales, sino qué tan seguro y gobernable es realmente el país anfitrión.
Además, distintos movimientos sociales están muy conscientes de la enorme visibilidad que representa el torneo. Organizaciones magisteriales, colectivos de madres buscadoras, agricultores y transportistas han insinuado o anunciado posibles protestas durante el Mundial. El torneo ofrece una plataforma internacional de exposición difícil de conseguir en cualquier otro momento.
Hoy una protesta local puede convertirse rápidamente en conversación global y alterar la narrativa turística o festiva que gobiernos y organizadores intentan proyectar.
Mucho más que fútbol
Durante décadas, los países utilizaron los Mundiales para proyectar una imagen cuidadosamente construida de sí mismos. El torneo era una oportunidad para mostrar modernidad, infraestructura y orgullo nacional. Esa lógica no ha desaparecido del todo, pero ahora convive con otra dinámica mucho más compleja.
Los grandes eventos deportivos se transformaron en espacios donde el mundo entero examina las contradicciones de los países anfitriones: desigualdad, violencia, corrupción, derechos humanos o capacidad institucional.
El fútbol sigue siendo fiesta y espectáculo global. Pero ya no controla completamente la conversación.
México 2026 probablemente será recordado no sólo por lo que ocurra dentro de la cancha, sino también por la forma en que el país enfrente esta nueva condición: la de organizar un Mundial bajo una observación internacional permanente y políticamente hipercrítica.
Antes, los países usaban el Mundial para mostrarse al mundo. Hoy, el mundo entero utiliza el Mundial para discutir qué clase de país está viendo realmente detrás de los estadios, las ceremonias y la propaganda turística.