Fuera de foco / El dorado esplendor del poder

Publicado el: 08/06/2026

Tiempo de lectura estimado: 5 min

Fuera de foco

El dorado esplendor del poder

Por: Renán Martínez Casas

En días recientes, las redes sociales estallaron en burlas, críticas y comentarios acerca una imagen hecha a la medida de la polémica. Jesús Ernesto López Gutiérrez, hijo menor del expresidente Andrés Manuel López Obrador, apareció en la inauguración de un exclusivo restaurante de la Ciudad de México famoso por ofrecer cortes de carne cubiertos con láminas de oro comestible. Un contraste inevitable y hasta recurrente con años de discursos sobre austeridad republicana, pobreza franciscana y cercanía con el pueblo.

Sin embargo, quizá la parte más interesante de la historia no sea la contradicción entre esta imagen y el discurso político que la precedió. Esa discusión ya ocupa columnas, programas de opinión y conversaciones en redes sociales. Lo interesante podría encontrarse en otro lugar. No en el joven, no en el restaurante y ni siquiera en la polémica de la semana. Sino en el oro.

El oro tiene una curiosa tendencia a aparecer una y otra vez alrededor de las clases gobernantes cuando estas alcanzan su momento de mayor esplendor. Aparece en coronas, palacios, banquetes, joyas, templos, relojes, automóviles, esculturas y objetos de lujo. Aparece cuando el poder deja de ser solamente una posición política y comienza a convertirse también en una identidad social.

Tiene también una característica peculiar. A diferencia de otros bienes valiosos, rara vez cumple una función práctica proporcional a su costo. Una hoja de oro sobre un alimento no lo vuelve más nutritivo. Tampoco mejora significativamente su sabor. Su utilidad principal es simbólica. Comunica estatus, marca diferencias, establece jerarquías, permite exhibir una posición más que de superioridad, de supremacía.

Por eso el oro resulta tan fascinante desde el punto de vista político. Es uno de los símbolos más persistentes de la jerarquía social. Atraviesa imperios, monarquías, aristocracias, repúblicas y revoluciones. Cambian las ideologías, cambian las instituciones y cambian los discursos, pero el oro conserva intacta su capacidad para representar prestigio y poder.

Los romanos conocieron bien ese lenguaje. La República había construido una parte importante de su identidad alrededor de la disciplina, la austeridad y el servicio público. Con el tiempo llegaron las conquistas, las riquezas y los excesos. Los cronistas de la época comenzaron a registrar con creciente preocupación los banquetes desmesurados, las demostraciones de opulencia y el gusto cada vez más refinado de las élites imperiales.

Siglos después, Versalles elevó esa lógica a la categoría de arte político. El lujo dejó de ser una consecuencia del poder para convertirse en una representación permanente del poder. Cada salón, cada ceremonia y cada objeto valioso transmitían el mismo mensaje: existe una distancia inmensa entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.

Nada de eso resulta sorprendente. Las monarquías vivían de las jerarquías y las aristocracias existían precisamente para diferenciarse del resto de la sociedad. La historia se vuelve más interesante cuando aparecen las revoluciones porque nacen denunciando privilegios. Llegan prometiendo igualdad. Hablan en nombre del pueblo. Se presentan como una ruptura moral frente a las élites que las precedieron. Y, sin embargo, tienen una relación curiosa con las aristocracias: llegan prometiendo eliminarlas y terminan fundando las propias.

La Unión Soviética produjo su nomenklatura. La revolución cubana desarrolló sus círculos privilegiados. La Rusia posterior al colapso soviético vio surgir nuevas élites económicas y políticas alrededor de antiguos centros de poder. Los nombres cambiaron. Los discursos cambiaron. Los símbolos cambiaron. La lógica permaneció.

Los movimientos revolucionarios suelen imaginar que están transformando la sociedad. Con frecuencia terminan transformando la composición de las élites. Esa transformación se vuelve especialmente visible cuando aparece la siguiente generación.

Los hijos de las revoluciones crecen en un mundo distinto al de sus fundadores. No conocen las derrotas que dieron forma al movimiento. No recorren los caminos que construyeron la causa. No viven las privaciones que alimentaron el discurso original. Nacen dentro del sistema que otros levantaron para ellos.

Las viejas aristocracias heredaban riqueza. Las nuevas aristocracias heredan legitimidad. Heredan apellidos, relaciones, influencia, prestigio político y acceso a espacios reservados para muy pocos. Heredan una posición dentro de la historia oficial del movimiento.

Tarde o temprano aparecen también los símbolos. Automóviles, relojes, residencias, joyas, viajes exclusivos o restaurantes diseñados para convertir el exceso en espectáculo. Cada época desarrolla sus propios códigos de distinción. El principio es siempre el mismo: la distancia con el resto de la sociedad.

La historia de movimientos que llegan al poder denunciando privilegios y terminan conviviendo cómodamente con ellos. La historia de causas populares que producen círculos exclusivos. La historia de élites que comienzan hablando el lenguaje de la virtud y terminan hablando el lenguaje del estatus.

El episodio resulta todavía más revelador porque no parece aislado. Durante los últimos años, distintos personajes asociados a la Cuarta Transformación han exhibido una visible fascinación por relojes costosos, joyas, cadenas, pulseras y otros símbolos tradicionalmente vinculados al prestigio social. El filete cubierto de oro puede ser una expresión particularmente grotesca de esa tendencia, pero difícilmente parece algo extraordinario en la 4T.

El oro ha comenzado a aparecer con demasiada frecuencia alrededor de quienes hicieron de la crítica a los privilegios una de sus principales fuentes de legitimidad política. Por eso la discusión pública ha resultado un dolor de cabeza para los defensores del movimiento. Las fotografías tienen la virtud de resumir procesos complejos en una sola escena. Una imagen puede contener años de discursos, promesas y contradicciones acumuladas.

Roma tuvo sus banquetes. Versalles tuvo sus salones. La revolución soviética tuvo su nomenklatura. La revolución cubana tiene aún sus privilegiados. La Cuarta Transformación exhibe una llamativa afición por el oro. La historia demuestra que los movimientos políticos rara vez escapan a la tentación de convertirse en aquello que prometieron reemplazar. ¿Por qué la 4T tendría que ser distinta?

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