Fuera de foco / El desgaste moral de la 4T

Publicado el: 11/05/2026

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Fuera de foco

El desgaste moral de la 4T

Por: Renán Martínez Casas

La reunión de Claudia Sheinbaum con legisladores de Morena, PT y PVEM en Palacio Nacional fue presentada como un acto de unidad frente a las presiones externas y en defensa de la soberanía nacional. Sin embargo, el verdadero significado político del encuentro parece estar en la necesidad creciente del régimen de proteger algo más que su mayoría legislativa o su capacidad electoral. Lo que empieza a erosionarse no es todavía el poder político de la Cuarta Transformación, sino la autoridad moral que sostuvo su legitimidad durante años.

El capital más importante

Durante mucho tiempo, la principal fortaleza del obradorismo no fue administrativa ni económica. Fue moral. La 4T logró instalar la idea de que representaba una ruptura ética frente al viejo régimen político. La corrupción no aparecía solamente como un problema de legalidad, sino como la explicación estructural de la desigualdad y la degradación institucional del país.

Esa narrativa produjo una ventaja política enorme. El oficialismo no sólo gobernaba; también ocupaba simbólicamente el lugar de “los honestos”. La discusión pública empezó a dividirse entre quienes eran presentados como moralmente legítimos y quienes eran señalados como parte de un sistema corrupto.

La fuerza política de López Obrador surgió en gran medida de esa operación simbólica. El movimiento consiguió apropiarse de la representación ética del Estado y convertirla en identidad política. De ahí la eficacia de frases como “no somos iguales” o “no mentir, no robar, no traicionar”.

La soberanía como refugio

Por eso resulta relevante observar cómo respondió el régimen frente a los señalamientos recientes del gobierno de los EEUU relacionados con actores de Morena con vínculos con el crimen organizado. La reacción principal no fue abrir una discusión pública sobre responsabilidades políticas o deterioro institucional. La respuesta consistió en desplazar el eje del debate hacia la defensa de la soberanía nacional.

El movimiento no se colocó en una posición de revisión crítica, sino en una lógica de cierre de filas. La discusión dejó de centrarse en las sospechas y pasó a organizarse alrededor de la idea de intervención extranjera, ataque de la derecha internacional y defensa de la soberanía nacional.

El nacionalismo ha sido históricamente uno de los recursos más eficaces de cohesión política en México. Activa memorias históricas profundas y simplifica el conflicto en términos emocionales bien definidos: patria contra injerencia externa.

Sin embargo, el problema actual del régimen no parece resolverse únicamente con apelaciones soberanistas. El desgaste que empieza a observarse es un deterioro gradual de credibilidad ética.

El síntoma interno

En ese contexto, las protestas ocurridas afuera del reciente Congreso Nacional de Morena adquieren relevancia. No fueron movilizaciones masivas ni expresan todavía una fractura interna abierta. Pero sí revelan algo políticamente significativo: una parte de las bases del movimiento empieza a incomodarse frente a la incorporación o protección de figuras percibidas como corruptas o vinculadas con estructuras criminales.

La exigencia de no postular candidatos cuestionados no provino de la oposición ni de medios adversos al régimen. Surgió desde sectores identificados con el propio movimiento.

Durante años, Morena pudo descalificar buena parte de las críticas acusando campañas conservadoras o ataques mediáticos. Esa narrativa todavía conserva eficacia en sectores importantes de su base social. Pero empieza a encontrar límites cuando las dudas emergen desde dentro del propio movimiento.

No se trata todavía de una ruptura ideológica ni de una pérdida masiva de apoyo. Se trata de un síntoma incipiente, aunque probablemente irreversible: el discurso anticorrupción ya no funciona automáticamente como verdad indiscutible incluso entre simpatizantes de la 4T.

El problema del régimen

La dificultad para responder a este desgaste tiene relación con la propia naturaleza del régimen político construido desde 2018. Morena nunca operó solamente como un partido de gobierno. Desde el inicio se asumió como movimiento histórico, representación moral del pueblo e instrumento de transformación nacional.

Eso cambió la política. Las críticas no suelen procesarse únicamente como cuestionamientos administrativos o institucionales, sino como ataques al proyecto histórico mismo. La defensa del gobierno se convierte también en defensa del movimiento y de la legitimidad moral del régimen.

En esa lógica, admitir plenamente prácticas de corrupción o protección política hacia ciertos actores implica algo más delicado que aceptar errores administrativos. Implica erosionar la base ética sobre la que se construyó la autoridad política de la 4T.

El régimen todavía conserva capacidad electoral, fuerza territorial y control institucional. Pero empieza a enfrentar un desgaste más difícil de administrar: la pérdida gradual de la presunción automática de superioridad moral.

El inicio de otra etapa

La discusión pública todavía suele analizar a Morena desde la lógica de la popularidad presidencial o de la fuerza electoral. Pero el momento político actual parece indicar otra transición: el paso de una legitimidad épica hacia una legitimidad de conservación del poder.

Eso transforma también la relación entre el régimen y sus propias bases. Mientras el movimiento era percibido como vehículo de ruptura moral, muchas contradicciones podían justificarse en nombre de la transformación histórica. Esa tolerancia empieza lentamente a reducirse.

La soberanía, el nacionalismo y el cierre de filas siguen funcionando como mecanismos de cohesión política. Pero ya no alcanzan para cancelar completamente las sospechas ni para restaurar automáticamente la autoridad ética del régimen.

Quizá el dato político más importante de este episodio sea que la Cuarta Transformación no enfrenta todavía una crisis de poder, pero sí el desgaste gradual de aquello que durante años le permitió ejercerlo con legitimidad moral casi incontestable.