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Fuera de foco
Cuba. Escuchar para comprender
Por: Renán Martínez Casas
Mientras buena parte de la atención pública global se concentra en decisiones políticas, sanciones y estrategias geopolíticas, lo que está fuera de foco es lo que se vive en las calles, barrios y casas de Cuba. Allí hay personas que enfrentan una situación que empieza a alcanzar niveles que no se habían visto en décadas, en medio de la dictadura más duradera de América, con más de 70 años continuos de un régimen de partido único sin elecciones competitivas desde antes de 1959.
Lo que hoy padecen las familias cubanas no es la falta de luz para cocinar, de medios de transporte para ir a trabajar, de combustible para mover alimentos y medicamentos para quien está crónicamente enfermo o con algún padecimiento curable. Es la vida en curso en toda la isla hoy. La vida cotidiana se ha vuelto una constante negociación con la escasez. La energía, que siempre fue frágil, ha entrado en un terreno crítico.
La isla vive bajo este régimen de partido único desde antes de la última revolución del siglo XX, y desde entonces no ha habido elecciones libres en el sentido competitivo de una democracia representativa. Ni siquiera las transiciones internas dentro del mismo partido han implicado un proceso electoral plural. Ese largo periodo de control político, con distintas generaciones criadas en esta realidad, ha moldeado expectativas, resistencias y, sobre todo, formas de sobrevivir.
Lo que circula hoy en redes sociales desde dentro de la isla no es únicamente un fenómeno de jóvenes con teléfonos y acceso parcial a internet. Es un punto de encuentro donde se filtran testimonios, experiencias y sentimientos que cientos de miles, si no millones, comparten, aunque no todos puedan grabarlos o expresarlos. No se trata de privilegiar la voz de un sector de la población. Se trata de reconocer que esas expresiones son un lugar desde donde se puede oír lo que otros no pueden decir directamente.

En esas grabaciones aparecen emociones. Ahí están el cansancio profundo de quien ya no sabe cómo llegar a fin de no del mes, del día; la rabia contenida por décadas ante la falta total de opciones para cualquier familia y está la dignidad herida de personas que sienten que su propia vida se ha vuelto una condición de sobrevivencia. Detrás de cada voz hay madres, padres, abuelos y profesionales que hace años decidieron quedarse o que no pudieron migrar, y que ahora enfrentan, como todos, la misma escasez cada día.
Lo que esos cubanos dicen en sus videos, sin consignas grandilocuentes, no se reduce a un argumento político. No es la vieja discusión de si un sistema u otro es mejor que otro. Es algo más elemental: no hay opciones de futuro. Esa es la línea que une a quienes hablan y a quienes callan detrás de la pantalla.
Algunos analistas en Estados Unidos han descrito las recientes medidas contra el flujo de petróleo a Cuba como una forma de presión para forzar un cambio de régimen. Es cierto que esas decisiones implican, en el corto plazo, más dificultades para la población. Pero también es cierto que muchos cubanos dentro de la isla son plenamente conscientes de ese costo y, aun así, están dispuestos a asumirlo. No porque deseen el sufrimiento, sino porque ya han vivido antes un colapso energético profundo, como en los años posteriores a la caída de la Unión Soviética, y saben lo que significa resistir en condiciones extremas. Hoy, para muchos, ese sacrificio se percibe como parte de una posibilidad real de cambio, como una apuesta dolorosa, pero consciente por abrir una rendija hacia un futuro distinto, aunque ese primer paso sea apenas la salida del dictador en turno y no todavía una transformación completa del sistema.

Tenemos que repensar qué es lo que queremos decir cuando hablamos de Cuba hoy. Se trata de no ignorar lo que ocurre mientras se discuten intereses políticos en otras latitudes. El sufrimiento no es un punto a favor o en contra de ninguna ideología. Es una condición concreta que merece ser conocida y atendida.
Estamos obligados a respetar que nadie fuera de la isla sabe, por sí mismo, qué es lo mejor para quienes viven esta situación a diario. Sí podemos escuchar, informar y apoyar. Sí podemos documentar y hacer visible. Sí podemos solidarizarnos con la aspiración de que cada persona, cada familia, tenga la libertad real de decidir su propio destino. Pero eso solo será posible si escuchamos las voces que emergen desde adentro, y si dejamos de hablar por ellos.
Ampliar la mirada más allá de titulares es poner en foco en las vidas que se sostienen cada día de un hilo cada día más delgado, que esto es un hecho material y humano. Es describir la vida que ya está ocurriendo, reconocer que cualquier cambio genuino debe partir del deseo y la voluntad de quienes están viviendo esa realidad.
Porque escuchar —no hablar por otros— es la forma más elemental de respeto. Y, en este caso, también es el primer paso para comprender qué significa realmente la libertad para los cubanos de hoy.