Renán Martínez Casas*

“Eso de la vacunación es un chilaque”, dice señora Vicky, mientras sirve una porción de ese alimento, conocido en el resto del país como chilaquiles, en su lonchería de esta comunidad zapoteca de San Pablo Villa de Mitla, en el estado de Oaxaca.

Está siempre bien informada. Su negocio es un centro neurálgico en la comunicación oral del pueblo. Se ubica en la confluencia de todos los medios de transporte público. Entre tortas, almuerzos y comidas, ahí departen taxistas, visitantes o trabajadores que lo mismo hablan ajujk (mixe), que turistas que hablan en todos los idiomas. Hasta antes de la pandemia, también personal de salud de la clínica a quienes ahora les lleva alimentos. El primer taxi que volvía de la capital traía dos ejemplares del periódico del día que estaba siempre disponible para los comensales que lo devoraban, ávidos de noticias, comenzando, desde luego, por la nota roja. Ya no es así, ya no alcanza por las restricciones al transporte. Juiciosa, tiene una lista de argumentos.

“Hasta principios de marzo todo parecía ir relativamente bien”, le digo. Para ese momento habían llegado al estado de Oaxaca tres lotes de vacunas con cerca de 44 mil vacunas que se aplicaron, hasta en segundas dosis, al personal médico de primera línea, concentrado en la capital y las principales ciudades. Aunque no sin los contratiempos propios de la primera vez, no hubo problemas mayores.

“Pero todo se complicó en marzo, cuando se acabaron las dosis para los abuelitos de Santa Lucía del Camino, acuérdese que le conté que nos tocó el bloqueo, que nos fuimos por otro camino y ahí sí si ya no nos dejamos y los quitamos entre todos a la fuerza”, dice espolvoreando queso fresco en el platillo.

En efecto, el 11 de marzo, el alcalde, Dante Montaño, alentó la protesta popular para capitalizar sus intereses políticos y fue recibido, pistola en mano, en la delegación de Bienestar, encabezada por la delegada Nancy Ortiz. Ella, a su vez, filtró a los medios un chat que responsabilizaba a su propia subdelegada, Aída Valencia, de desvío de vacunas. El gobernador, Alejandro Murat, intervino. Acusó al gobierno federal de falta de coordinación, lo que fue admitido por la Secretaría de Salud, gestionó con la federación y apagaron el fuego.

“Pero hay chispas y fogones en muchos lados”, advierte al prender la estufa.

Pienso en San Pedro Ixtlahuaca, en Valles Centrales, por ejemplo. Su presidente municipal estimó que al menos 300 adultos mayores no se vacunaron por falta de información en zapoteco. Esa situación se repite en un número desconocido de poblaciones y personas. A ellos, deben añadirse los que rechazaron el biológico debido al temor que causa la desinformación que circula profusamente en los pueblos.

También en Unión Hidalgo, en el Istmo, la tercera región más afectada por la pandemia, representa una situación por demás peculiar y reveladora. Un juez federal resolvió amparar a 15 adultos mayores zapotecos y ordenó a las autoridades federales vacunarlos. Ese fue el inicio, pero ahí y en otras comunidades vecinas, el abogado local, Martín Regalado, ha logrado amparar ya a más de 300 abuelitos. Cabe preguntarse por los ancianos de comunidades donde no hay un voluntario como Martín.

En contraste, a Villa Hidalgo Yalálag, en la Sierra Norte con bajos niveles de contagio, las vacunas llegaron antes que tuvieran ningún contagio, pese a que el gobierno federal les atribuye dos en sus cifras. En su entorno, Mixistlán, Yaganiza, San Francisco Cajonos y Betza tienen, hasta ahora, un solo contagio, mientras que San Mateo Cajonos, Yatzachi el Bajo, Zoogocho, San Andrés Yaá y Roayaga no han registrado un sólo caso.

En el catálogo de señora Vicky no podían faltar los trabajadores del sector salud. “Ya ve, en el Istmo y aquí mismo en Valles Centrales cómo están protestando médicos de primera línea por segundas y hasta primeras dosis. Junto con ellos, enfermeras, especialistas, médicos generales, laboratoristas, camilleros, personal de intendencia y de otras especialidades que trabajan expuestos a personas infectadas”, enlista.

Mención aparte le merecen los médicos privados. “No nomás de las ciudades de Oaxaca, Salina Cruz, también de los pueblos. Tan sólo aquí mismo, en Mitla: la clínica no atiende pacientes Covid-19. Cinco médicos privados son los que nos han sacado adelante. Han salvado más de cien de vidas, algunos de ellos hasta ya se enfermaron”.

La información oficial no ayuda a clarificar el panorama, es opaca. Para el 8 de abril, era aún indeterminado el número de comunidades a donde aún no ha iniciado la vacunación. Las autoridades estatales informan que han movilizado el 98% de los biológicos recibidos y han presumido que el estado ocupa el quinto lugar en cobertura.

Parece esperanzador hasta que la doña recuerda que el plan federal indica “el final de todo hasta marzo del próximo año, pero ya se pospuso la vacunación de los mayores de 50, un mes, de abril para mayo”. Por lo demás, una comparación simple entre el número de dosis aplicadas con la población mayor total a vacunar desde los 17 años. Según el reciente censo nacional, indica que apenas se habría inoculado a al rededor del 3% con una dosis de la vacuna y menos del 1.3% con esquema completo. La meta se ve lejana y poco probable.

Para colmo y por si la opacidad no fuera suficiente, la bancada mayoritaria de Morena en el Congreso local, presentó una iniciativa de ley para desaparecer el órgano local de transparencia y acceso a la información.

“Además, la gente se confía”, dice desconfiada al servir un vaso de agua de pitaya. El efecto anecdótico de la alegría y esperanza por la vacunación, tiene también un lado oscuro propiciado, sobre todo por la falta de rigor informativo de los medios informativos: la creencia de que la vacunación genera inmunidad y el exceso de confianza que llevan al relajamiento de las medidas de bioseguridad.

“Estamos como en todos lados, pero peor”, contextualiza. “Como casi todos lados, tenemos tumultos por la ansiedad de la gente de vacunarse y por la información errónea de autoridades municipales”. Con frecuencia hay mala organización y, en consecuencia, inconformidades y altercados menores. “Tenemos hasta, una alcaldesa bailarina”, dice en referencia a Saymy Pineda, de Pochutla, en la Costa, que se puso a bailar sin guardar sana distancia, con los ancianos que esperaban ser vacunados, para promover su reelección.

No todo es lamentable para doña Vicky, siempre positiva. “Eso sí, una vez dentro, hay muy buena atención del personal a cargo y que el proceso es eficiente y rápido”. Ciertamente es el consenso. Hay siempre aplausos para el personal de salud que realiza las aplicaciones cada vez que llegan a los módulos custodiados por armas nacionales, estatales y municipales. Y aunque escasa por la contingencia misma, la alegría y la ternura las ha puesto, como siempre, la comunidad que lleva música, baile, teatro o agua fresca de chilacayota a los viejitos en fila de espera o tamalitos, café y pan a sus hijos que velan, hasta 60 horas, su lugar.

A mí, por mi parte, no me cabe duda que han sido las personas las que han aportado hasta el más tierno sentido del humor. “¿Te acuerdas mamá, cuando me llevaste llorando de miedo a vacunar cuando era niño?, pues ¡llegó la hora de la venganzaaa!”, me dijo que así le dijo a su madre uno que hacía fila en mi pueblo.

Quizá la señora Vicky tenga razón, esto es un chilaque.

*Comunicólogo, periodista y comunicador comunitario.

Mitla, Oaxaca, México.

Abril 19. 2021