Renán Martínez Casas

Oaxaca, Oax.- El lunes 16 de marzo la pandemia por Covid-19  llegó al estado de Oaxaca. Dos contagios por importación,  reportaron las autoridades locales. Una semana después, el lunes 23, salieron a anunciar primer caso de contagio local, un joven de 22 años. Nueve días más tarde, el miércoles 1 de abril, la enfermedad se movió confirmaron el primer caso en el Istmo (Juchitán) y la Cuenca (Tuxtepec).

En su ruta de 416 kilómetros hacia el sur, rumbo al mar, recorrió, en su primer tramo de 52 kilómetros, una carretera bordeada de atractivos turísticos promocionada por el gobierno como La ruta del Mezcal.

Entre la ciudad colonial y su cercana zona arqueológica de Monte Albán en uno de sus extremos y las poblaciones de Mitla, con la segunda mayor zona arqueológica y la población de Matatlán, llamada cuna del mezcal se asienta una sofisticada y poderosa maquinaria económica indígena.

Decenas de comunidades zapotecas como Tlacolula, Teotitlán del Valle, Tlacochahuaya, Daizú, Lambitieco, Teitipac, Santa Ana del Valle, entre otras. Decenas de miles de zapotecos y zapotecas. Cadenas de producción de ropa tradicional de mujeres costureras, cortadoras, hombres tejedores; viajeros que distribuyen sus producto en todas las playas importantes del país; cientos de comideras, restauranteros y meseros; cadenas de cultivo y comercialización de maguey, de producción y distribución de mezcal en todo el mundo.

Los jóvenes juegan futbol por las tardes en las canchas terregosas, las madres acuden a la cremería en bicicletas con sus hijas, los amigos de antaño siguen reuniéndose a diario por las noches en las plazas. Como antaño. Como a diario.

Como a diario y como siempre hay chelas mezcal con los cuates en las tiendas. Mezcalerías abiertas. También tiendas de ropa típica o la clásica tienda de regalos. También están abiertos los talleres de bicicletas, las carpinterías, las herrerías.  Son tan tradicionales… lo mismo las menos tradicionales tiendas de accesorios para celulares.

La abuelita del carrito de las nieves, mi amiga, sigue vendiendo en la plaza. La otra también. La muchacha mixe, su esposo y su hermano, siguen saliendo con sus tres carritos de cacahuates, chicharrines y raspados a recorrer todo el pueblo. ¿Con limón y salsa o sal de chile?

¿Qué pasa aquí que no pasa nada?

Fue el velorio de un joven que pereció en un accidente. Los velorios de jóvenes son siempre muy concurridos. Tienen tantos amigos los jóvenes… y su casa tan pequeña. El tráfico nocturno local es intenso, inusual tras la tormenta de la noche del viernes en que lo sepultaron.

Antes, el miércoles, un comité de un santo protestaba, exigía a su autoridad no prohibir la celebración inminente de la Semana Santa. Una protesta de la ignorancia. Dios nos agarre confesados, confesó mi fuente, políticamente atea, al relatarlo.

El vocero técnico de la crisis nacional, confesó su preocupación por los que menos tienen. De esa enorme masa social diversa, se le colaron en el discurso las zonas rurales, los ayuntamientos y la ley. Omitió que la ley obliga sin facultar operativamente a los pueblos.

Las promesas primero y las quejas después de presidentes municipales en torno al desabasto de medicamentos tienen décadas. Ni siquiera eso pueden resolver, ni las citas problemáticas, ni los malos tratos a los pacientes. Coadyuvan, eso sí, con la pintura de la clínica. También con la foto para sus redes.

Más aún, están fuera del esquema de flujo informativo nacional de la emergencia. Son las autoridades sanitarias, a través de sus jurisdicciones las responsables de informar a sus superiores. Pero ellos no lo saben. El oficio de la autoridad de una comunidad informando de un caso confirmado que circuló sin verificación en redes sociales, fue divulgado por el presidente de otra comunidad en un programa de radio.

Una decena de médicos generales privados fueron convocados a su ayuntamiento a una reunión para recibir información técnica de personal de los Servicios de Salud del Estado. Esperaban cuando el presidente los llamó a su oficina. Sentados casi hombro con hombro, escucharon a un presidente asustado preguntar qué hacer. Tras hora y media en la oficina, finalmente pasaron al salón. Con el sillerío a dos metros de sana distancia, el funcionario estatal, debido al retraso, sólo proyectó dos diapositivas en la media hora restante.

Ellos mismos, los médicos privados de los pueblos, no están organizados ni tienen ningún plan. Pero tienen coincidencias, consenso entre sí y con las autoridades locales políticas y sanitarias: la gente no entiende, ni va a entender.

El golpe es inminente.  Siguiendo datos del Inegi, de los 3 millones 750 mil 471 habitantes del estado, 343 mil 503 son mayores de 65 años, de ellos, 45.5 hablan alguna lengua originaria de las 16 del estado, 156 mil 759 personas. Es sólo el promedio. Hay comunidades famosas por la longevidad de sus habitantes. Casi todos monolingües, con una expresión mágica de sus síntomas. La diabetes es una enfermedad infravalorada, saben los médicos, porque en la pobreza no hay más que para remedios para el espanto.

Las cifras son de espanto. En voz de popular doctor López-Gatell, indican que “que la  enorme mayoría de las mexicanas y los mexicanos, en algún momento de esta epidemia, que va a ser muy larga,  podemos llegar a estar infectados…. Lo que se sabe es que la mayoría de las personas van a estar infectadas y que, de los que estén infectados, 8 de cada 10 van a tener una enfermedad leve, más o menos 1 a 2  de cada 10 van a tener una enfermedad suficientemente importante para ser hospitalizados y menos del 5 al 6 % van a necesitar atención en medicina crítica.”

Sin considerar factores de dispersión como densidad demográfica, de los 12 mil habitantes de mi comunidad, el 80% podría infectarse 9, 600. De estos 9, 600 probables infectados en Mitla, el 80%, es decir, 7 680 tendrían una enfermedad leve; entre 768 y 1 536 tendrían una enfermedad importante.

De esos mismos 9, 600 probables indígenas zapotecos infectados en esta comunidad, menos del 6%, es decir menos de 5 760 van a necesitar atención en medicina crítica. Y finalmente,  considerando que el grado de letalidad global de la enfermedad es de alrededor del 4% de los infectados, en esta secuencia de estimaciones, Mitla tendría 3, 840 defunciones.

Aunque fuera diez veces menos, 38, esto se va a poner muy feo, dije a una colega, corresponsal de medios nacionales y también zapoteca de mi comunidad. Al primero será un infierno, respondió.  No hay cura para este espanto.

La confianza del gobierno y algunas personas en la capacidad de auto organización y cuidados de los ciudadanos es de ellos, de los ciudadanos. Aquí, en esta región, eso es muy relativo. No existe la experiencia de los terremotos como no sea enviar despensas. Pro pronto podría haber necesidad de tener la experiencia de recibirlas.

La caída de los previstos y jugosos ingresos de la temporada alta, el incremento de precios de productos de la canasta básica, la ruptura de las cadenas mundiales de distribución…, el cierre de tianguis, la escases ya están presentes.

Una iglesia cristiana puso una mesa con despensa en su iglesia. “Toma si necesitas, dona si puedes”. ¿Qué puedo donar?, pregunto una anciana al pastor. Cuando pueda, si quiere, puede donar más despensa para otras personas en necesidad, le respondió. Pero no tengo que donar, ¿no podría donar mi sangre?

Los vendedores de los mercados ya comienzan a ser nuevos héroes.

Muchas organizaciones de la sociedad civil indígena hacen por su puesto grandes esfuerzos, particularmente de difusión de información útil en lenguas originarias y en diversos formatos. Algo más de una decena de comunicadores locales de este corredor turístico, lo hemos transformado en corredor radiofónico con un proyecto de periodismo de soluciones llamado Manos a la obra, comunicación antiviral.

Dirigidas y operadas en muchos casos por personas, radialistas, que ya han sido económicamente afectadas, algunas estaciones ofrecen anuncios gratis de servicios a domicilio de venta de productos de primera necesidad. Todas programan, como pueden, mensajes apropiados. Pese a una cobertura de cerca de cien kilómetros que rebasan la ruta del mezcal, de programas con sendos llamados a quedarse en casa, de nuevas y tardías medidas de algunos ayuntamientos, de la intensificación de rondines de perifoneo por todos lados, y hasta de misas católicas y cultos cristianos radiodifundidos, sin embargo, efectivamente, la gente no entiende.

Hoy, Domingo de Ramos, tras cinco días de emergencia sanitaria, en sus rostros no puedo ver otra cosa que la muerte inminente. De muchos. De tantos que pierdo el control por momentos.