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Joan Martínez Delgadillo
Oaxaca, Oax.- Hay emociones que simplemente no caben en las palabras y presenciar la Guelaguetza es una de ellas. Es sentir como el corazón late al ritmo de los sones y jarabes, de como la piel se eriza con cada danza y como el orgullo de ser oaxaqueño se multiplica con cada delegación que se presenta en la Rotonda de las Azucenas.

La edición 2026 llegó a su último encuentro, pero con un cierre sencillamente inolvidable. Desde las cinco de la tarde, el Auditorio Guelaguetza vibró con fuerza, gracias a las danzas, jarabes y sones pero, sobre todo, a la alegría e identidad de las delegaciones provenientes de las ocho regiones del estado, que compartieron con el mundo la grandeza de los pueblos originarios y del pueblo afromexicano.
Ni la lluvia fue capaz de apagar la fiesta. Al contrario, cada gota pareció convertirse en un aplauso más del cielo para quienes, con orgullo y entrega, ofrecieron su cultura sobre el escenario. El público respondió de la misma manera: de pie, con ovaciones interminables y el alma conmovida por cada presentación. Fue como si la Diosa Centéotl hubiera conspirado para regalar una tarde perfecta, de esas que quedan grabadas para siempre en la memoria.
Cuando sonó el último acorde, no terminó solamente una función; concluyó un mes en el que Oaxaca volvió a demostrar que su mayor riqueza está en su gente, en sus tradiciones, en su cultura y en esa generosidad llamada Guelaguetza, que significa compartir con el corazón.

Antes de despedirse, también queda un profundo sentimiento de gratitud hacia cada una de las delegaciones que, con amor, orgullo y un inmenso compromiso con sus raíces, compartieron la riqueza de sus pueblos. Detrás de cada baile, de cada son, de cada traje típico y de cada regalo entregado al público, hubo meses de preparación, sacrificio y el deseo sincero de mantener viva la herencia de sus antepasados. Gracias por recordarnos que la cultura se fortalece cuando se comparte y que la identidad de Oaxaca se construye con el esfuerzo de todas y todos.
En tiempos en los que Oaxaca y el mundo enfrentan desafíos que a veces parecen dividirnos, la Guelaguetza nos recuerda que siempre hay espacio para la esperanza. Nos enseña que, más allá de nuestras diferencias, la unidad nace del respeto, de la solidaridad y del orgullo por nuestras raíces. Durante estas fiestas, miles de personas volvieron a creer que compartir, tender la mano y celebrar nuestra diversidad sigue siendo el camino para construir un futuro mejor.
Hoy la Rotonda de las Azucenas volverá poco a poco a guardar silencio, pero en miles de personas permanece vivo el eco de las bandas, el color de los huipiles, el aroma del mezcal y la emoción de haber sido testigos de la fiesta étnica más grande de América y el mundo.

La Guelaguetza 2026 llegó a su fin, pero su esencia seguirá latiendo en cada rincón de Oaxaca. Con el corazón lleno de gratitud y la nostalgia propia de las grandes despedidas, solo queda una promesa: volver a encontrarnos el próximo año para celebrar, una vez más, el orgullo de pertenecer a esta tierra que sabe hacer latir el corazón y compartir con todos.