Fuera de foco / Otra Guelaguetza: Cultura viva pared por pared

Publicado el: 06/07/2026

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Fuera de foco

Otra Guelaguetza: Cultura viva pared por pared

Por: Renán Martínez Casas

Hay comunidades que terminan definidas por aquello que más circula sobre ellas. Un video, un escándalo, una noticia violenta o una postal turística pueden llegar a sustituir una realidad mucho más compleja. Mitla conoce bien ese fenómeno. En las últimas semanas ha aparecido en las redes sociales por episodios dolorosos, como el envenenamiento de perros o la violencia durante el desalojo de profesores. Al mismo tiempo, buena parte de la cobertura mediática del estado se concentra, como cada julio, en la Guelaguetza, mientras el Mundial monopoliza la conversación nacional entre banderas, himnos y un entusiasmo colectivo que deja poco espacio para mirar hacia otros lugares. Pero mientras la conversación pública mira en esa dirección, en Mitla ocurre otra historia.

A primera vista, el Festival Internacional de Murales parece un encuentro de arte urbano. Lo es. Pero esa definición resulta insuficiente. Lo verdaderamente extraordinario no son los más de cien murales que seguirán transformado el paisaje de la comunidad de trece mil habitantes al concluir esta cuarta edición. Lo extraordinario es el proceso mediante el cual esos murales llegan a existir. En Mitla, el arte no aparece sobre la comunidad: nace de ella.

Ningún mural comienza con una brocha. Comienza cuando una familia decide abrir la puerta de su casa para hospedar a un artista; cuando un vecino ofrece el muro que durante años fue solamente la fachada de su vivienda; cuando un restaurante comparte una comida; cuando un comercio dona un postre, unas sandalias o cualquier otro objeto para una rifa; cuando un hotel ofrece alojamiento o reduce al mínimo el costo de una habitación; cuando una empresa aporta pintura, pinceles y aerosoles; cuando jóvenes de distintos colectivos dedican horas de trabajo voluntario para que todo ocurra.

Visto así, el festival deja de ser solamente un encuentro artístico. Se convierte en una forma de organización comunitaria.

Solemos pensar que la cultura la producen los artistas y la comunidad la contempla. En Mitla los artistas pintan los murales, sí, pero el festival entero es una creación colectiva. La comunidad produce las condiciones para que el arte exista. Sin esa red de hospitalidad, confianza, cooperación y trabajo compartido, los murales simplemente no serían posibles.

Durante esos días los artistas no permanecen aislados en un hotel ni recorren únicamente los sitios turísticos. Conviven con quienes los reciben, conocen otros proyectos comunitarios, escuchan historias y, en más de una ocasión, modifican el mural que habían imaginado antes de llegar. La obra deja de ser únicamente una expresión individual para convertirse también en el resultado de un diálogo. Los habitantes dejan de ser espectadores y se convierten también en participantes del proceso creativo.

Quizá ahí se encuentre la mayor riqueza del festival. No en la calidad —indiscutible— de las obras, ni en la presencia de artistas provenientes de Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, Alemania, Nigeria o distintos estados del país. Su mayor aportación consiste en demostrar que una comunidad también puede producir cultura de manera colectiva.

Esa producción comunitaria se expresa incluso en decisiones que podrían parecer menores. Una de ellas ha sido llevar los murales hacia las colonias y barrios periféricos, evitando concentrarlos únicamente en lugares de alta circulación de personas o en el centro de la población. También ahí hay una manera de entender el espacio público: la belleza compartida no debe pertenecer solamente a los lugares que visitan los turistas, sino formar parte de la vida cotidiana de quienes habitan la comunidad.

Los números ayudan a dimensionar el proyecto. En la primera edición se realizaron 21 murales. Antes de comenzar este año ya existían 87. Al concluir el festival, Mitla habrá rebasado el centenar de obras distribuidas en distintos puntos de la población. No se trata solamente de un museo al aire libre. Es la transformación gradual del paisaje urbano construida con la participación de sus propios habitantes.

Con el paso de las ediciones ocurre además un fenómeno difícil de planear desde un escritorio: los murales dejan de ser únicamente obras de arte para convertirse en parte de la vida cotidiana de la comunidad. Cada vez son más las familias que solicitan que las fachadas de sus casas formen parte del festival y no son pocas las que, cuando reciben visitas, las llevan a recorrer los murales con el mismo orgullo con el que muestran su templo, sus tradiciones o su zona arqueológica. No es el orgullo de haber recibido una pintura; es el de reconocerse como parte de una obra construida entre todos.

Hay otro aspecto que merece atención. Los organizadores han insistido en que este no es un festival pensado principalmente para atraer visitantes. Es, antes que nada, un festival de la comunidad, para la comunidad y con la comunidad. Por eso, además de la pintura de los murales, el programa incorpora conversatorios, recorridos y encuentros en los que artistas y habitantes comparten experiencias, conocen proyectos comunitarios e intercambian miradas sobre el territorio.

Con frecuencia hablamos de Mitla como un lugar donde se conserva el patrimonio. Este festival recuerda que el patrimonio también puede producirse en tiempo presente. Una cultura viva no es únicamente la que protege su pasado; es la que encuentra nuevas maneras de reunirse, crear y reconocerse sin romper con aquello que le da identidad. La tradición no queda suspendida en los museos ni confinada a las celebraciones del calendario. También dialoga con expresiones contemporáneas capaces de fortalecer el sentido de pertenencia.

Un ejemplo que sobresale es que la clausura no consiste solamente en admirar los murales terminados. Una calenda tradicional recorre las calles deteniéndose frente a cada obra para que el artista comparta el sentido de su creación y, al mismo tiempo, las familias que abrieron las puertas de sus casas cuenten cómo vivieron esa experiencia. La inauguración de cada mural termina siendo también una celebración compartida.

En un sentido más profundo, en el festival se expresa una forma de intercambio que evoca uno de los principios más profundos de la Guelaguetza. Así como las familias corresponden a la ayuda recibida en sus celebraciones, aquí la comunidad retribuye a los artistas con aquello que tiene a su alcance: afecto y reconocimiento. No alcanza para pagar una obra; alcanza para construir una relación.

Tal vez por eso el mayor mural del festival no sea ninguno de los que aparecen sobre las paredes. El más importante es invisible. Es el tejido social que se construye cuando vecinos, comerciantes, familias, artistas, jóvenes y organizaciones descubren que pueden crear algo juntos. Ese mural no se pinta con aerosol ni con acrílico. Se pinta con confianza, cooperación y afecto comunitario.

Las redes volverán a encontrar nuevos motivos para hablar de Mitla. Los medios seguirán buscando las imágenes más espectaculares de la temporada. Pero cuando termine esta cuarta edición del festival quedará un centenar de murales repartidos por la comunidad. Más importante aún, quedará la evidencia de que una comunidad puede seguir produciendo cultura desde la cooperación, el encuentro y la participación. Quizá ese sea, pared por pared, el mural más importante: el que no se pinta sobre un muro, sino sobre el tejido social que mantiene viva a una comunidad.

 

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