Fuera de foco / Documentar el optimismo

Publicado el: 13/04/2026

Tiempo de lectura estimado: 4 min

Fuera de foco

Documentar el optimismo

Por: Renán Martínez Casas

A veces el país parece una fábrica de desaliento. Uno prende la radio, abre el teléfono, hojea el periódico, conversa en la calle, y casi todo remite a alguna forma de deterioro: violencia, corrupción, mentira, abuso, impunidad, incompetencia, propaganda, manipulación. El paisaje nacional no invita precisamente al entusiasmo. Por eso uno se pregunta ¿cómo se puede ser optimista en México hoy? ¿De dónde sacar razones, no para la ingenuidad ni para la evasión, sino para sostener una esperanza seria, crítica, responsable? Pienso que esa pregunta no se responde, en todo caso, en la conversación entre personas reales.

Para documentar algo más

Carlos Monsiváis nos dejó aquella fórmula memorable de “para documentar nuestro pesimismo”, que sigue funcionando como una manera aguda de nombrar las evidencias del desencanto. Y no faltan razones para usarla todos los días. Pero quizá ha llegado también el momento de intentar otra operación más exigente: documentar el optimismo.

No se trata, por supuesto, de negar lo que está mal. Sólo vale la pena hablar de optimismo cuando se parte de un diagnóstico sin maquillaje. El optimismo digno no nace de la propaganda ni de la autoayuda, sino de la lucidez. Y la lucidez, hoy, obliga a reconocer que México atraviesa una degradación profunda.

No crecemos como deberíamos crecer; la deuda y el despilfarro pesan; la inflación erosiona la vida cotidiana; el costo del combustible encarece las cadenas de suministro y termina golpeando la mesa familiar. En vastas regiones, el crimen organizado no sólo delinque: gobierna. Vivimos, además, una crisis insoportable de desapariciones, una corrupción sistémica, una crisis de salud pública que enferma y mata, una educación con déficits inadmisibles y una vida institucional cada vez menos compatible con una democracia plural.

Nada de eso debe atenuarse por cortesía verbal. Si el optimismo exige mentir, entonces no sirve.

La victoria del desaliento

Hace poco, conversando con un taxista, me dijo algo que sintetiza el clima del país: “No se puede hacer nada”. Dolorosamente generalizada, esta frase no es una ocurrencia, sino una conclusión. También una derrota.

Porque eso es, justamente, lo que buscan los sistemas de manipulación: no sólo que la gente obedezca, sino que termine convencida de que resistir carece de sentido. No sólo que haya mentira, sino que se vuelva inútil combatirla. La forma más acabada de dominación no consiste únicamente en controlar instituciones, sino en inocular impotencia.

Por eso esa frase merece discutirse en serio. ¿De verdad no se puede hacer nada? ¿De verdad la única postura racional frente al deterioro es el cinismo, la resignación o el repliegue privado? Yo creo que no.

El diálogo como resistencia

Con otro taxista —lector y radioescucha, además— hablábamos de que sí hay buenas noticias, pero no son muchas. La observación era modesta y certera. Nadie con los pies en la tierra podría sostener que estamos viviendo una etapa luminosa. Pero tampoco sería exacto decir que todo está perdido. Entre esos dos extremos, el de la propaganda optimista y el del pesimismo absoluto, hay un territorio menos espectacular y más importante: la vida comunitaria.

Cuando digo que el diálogo construye comunidad, no estoy recurriendo a una frase amable para decorar un argumento. Lo digo en sentido político y social. Una comunidad no es sólo un conjunto de personas que comparten espacio. Es un conjunto de personas que todavía puede hablarse con verdad, escuchar diferencias, contrastar percepciones, corregir engaños y reconocer problemas comunes.

Cuando vecinos comparten información sobre abusos o carencias; cuando colegas ponen en común lo que ven; cuando amigos, familiares, comerciantes, padres, radioscuchas o lectores se atreven a hablar sin repetir consignas, lo que ocurre no es una simple “plática”. Ocurre algo más serio: se activa tejido social. Y el tejido social no es sólo una categoría de análisis, es el territorio de la defensa democrática.

No se trata de la razón

En una conversación reciente, una lectora de mi columna me comentó sobre un artículo: “Usted tiene razón en…”. Le respondí algo que para mí es una convicción: más que tener la razón, importa tener conciencia.

Lo sostengo cada vez más porque “tener la razón” puede convertirse en superioridad moral o autoafirmación estéril. En cambio, tener conciencia supone algo más arduo y más útil: estar atentos a la realidad, resistir la mentira, escuchar a otros y construir criterio.

La democracia no se sostiene porque mucha gente gane discusiones. Se sostiene porque suficiente gente conserva conciencia. Esa conciencia no se forma hablando, contrastando, discrepando, afinando palabras, poniendo nombre a lo que ocurre. Dicho de otro modo: la conciencia también es una obra comunitaria.

Un optimismo tenaz

Tal vez ahí esté el fundamento posible del optimismo mexicano: en la reserva democrática que aún persiste en la sociedad, incluso cuando las instituciones fallan o se degradan. Una red mínima de personas capaces de conversar críticamente, de disentir sin romperse, de buscar verdad en común y de anteponer alguna necesidad colectiva al interés faccioso. Mientras eso exista, todavía hay país.

Tal vez lo que necesitamos no es un optimismo alegre, sino un optimismo tenaz: uno que no cierre los ojos, que no suavice el horror, que no haga concesiones a la mentira, pero que tampoco entregue la última palabra al cinismo. Ese optimismo no consiste en creer que “todo saldrá bien”. Consiste en negarse a aceptar que lo único razonable sea la derrota.