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Fuera de foco
Retiro protagónico
Por: Renán Martínez Casas
López Obrador prometió retirarse de la política cuando terminó su mandato en 2024. Lo dijo varias veces. Aseguró que se alejaría de la vida pública, que no participaría en debates nacionales y que se dedicaría a escribir. Era, según sus propias palabras, el final de su vida política. Pero en su retiro no puede contener sus afanes protagónicos.
En enero reapareció para pronunciarse sobre Venezuela en defensa de Nicolás Maduro. Esta semana volvió a hacerlo, ahora para convocar una colecta de dinero para Cuba. Dos intervenciones en pocos meses y ambas sobre el mismo tipo de tema: la defensa de gobiernos dictatoriales aliados de la izquierda latinoamericana.
No habló de seguridad, ni de aranceles imperialistas, ni mucho menos de los problemas internos del país que gobernó durante seis años. Eligió, en cambio, la trinchera ideológica de América Latina. Eligió hablar desde el retiro para ocupar la escena.
Su mensaje en redes sociales apela a la solidaridad con el pueblo cubano y presenta la crisis de la isla como una agresión externa contra su soberanía. Invoca incluso la memoria de Playa Girón y cita a Lázaro Cárdenas para reforzar la idea de que Cuba libra una batalla histórica contra el imperialismo. La clásica narrativa de la izquierda latinoamericana desde los años sesenta. Cuba como símbolo de resistencia, como bastión ideológico, como causa moral.
Ese discurso ha sobrevivido durante décadas porque conecta con una memoria política muy arraigada en ciertos sectores del continente. En ella, Cuba no es solo un país con problemas económicos o políticos: es la representación de una resistencia histórica frente al poder de Estados Unidos. Desde esa perspectiva, cualquier crítica al régimen cubano se interpreta como parte de la misma confrontación geopolítica. Es un relato poderoso, cargado de símbolos, que convierte a la isla en bandera ideológica antes que en una realidad compleja.
Pero más allá del contenido del mensaje, lo que importa es el gesto político. Un expresidente de México, supuestamente en retiro, convocando a una colecta internacional para apoyar a un país gobernado por la dictadura militar más longeva de la historia continental. No lo hace desde una institución civil, sino desde su influencia personal. Es, en esencia, un acto político sin más.
La política, para él, nunca fue únicamente la administración del poder. Fue sobre todo una narrativa histórica. Una lucha simbólica entre proyectos ideológicos. Una historia en la que él se concibe a sí mismo como protagonista. Por eso reaparece en estos momentos específicos. No lo hace para intervenir en debates. Reaparece cuando percibe una batalla ideológica que considera propia.
Venezuela, Cuba, la narrativa del antiimperialismo… escenarios que le permiten seguir ocupando un lugar dentro de la historia política de la izquierda latinoamericana. Porque ese es, en el fondo, el terreno donde López Obrador siempre quiso inscribirse como parte de una tradición política continental. Una tradición que mezcla nacionalismo, antiimperialismo y liderazgo autocrático.
Desde esa perspectiva, su reaparición no es accidental, es coherente con una visión política que nunca ha ocultado su admiración por esos procesos latinoamericanos, incluso cuando han derivado en regímenes dictatoriales, sin libertades políticas y graves problemas económicos.

La crisis que atraviesa Cuba es real y profunda. Apagones masivos, escasez de alimentos, falta de medicinas y un deterioro económico que ha provocado una migración creciente de ciudadanos cubanos hacia distintos países del continente. Pero esa crisis no puede explicarse únicamente por factores externos. También es consecuencia de un sistema político cerrado, con escasos mecanismos de rendición de cuentas y con una economía controlada casi totalmente por el aparato estatal.
Por eso cada vez que se convoca ayuda internacional hacia la isla surge inevitablemente la pregunta: ¿a quién llega realmente esa ayuda? Durante años diversas investigaciones periodísticas y reportes de organizaciones civiles han documentado cómo buena parte de la asistencia internacional termina canalizada a través de estructuras estatales controladas por el propio régimen. En muchos casos los recursos no llegan directamente a la población, sino que pasan por circuitos burocráticos que permiten al gobierno administrar políticamente la escasez.
Ese es el contexto que vuelve polémica la convocatoria del expresidente mexicano. No se trata simplemente de enviar alimentos o medicinas a un pueblo necesitado. Se trata de hacerlo en un sistema político donde el Estado controla casi todos los mecanismos de distribución. Para sus simpatizantes, ese posicionamiento representa solidaridad internacional y defensa de la soberanía. Pero en realidad representa algo muy distinto: la legitimación de gobiernos autoritarios bajo el discurso del antiimperialismo.
Además de esa discusión ideológica, hay un rasgo que vuelve a aparecer con claridad: su protagonismo. Durante décadas López Obrador construyó su liderazgo alrededor de él mismo como el hombre que encarna un movimiento histórico. El dirigente que interpreta el momento político de su país. El líder que habla directamente al pueblo.
Esa lógica no desaparece simplemente porque termina un mandato presidencial. Al contrario. Liberado de las responsabilidades administrativas del gobierno, el personaje puede volver a operar en el terreno donde siempre se sintió más cómodo: el de la política simbólica.
La colecta para Cuba tiene una dimensión política evidente: quien convoca la ayuda es el expresidente. Y lo hace con un lenguaje que coloca el conflicto en términos ideológicos y geopolíticos, no humanitarios. Ahí está el significado del gesto. No es una campaña de solidaridad, es una toma de posición. Una forma de decir que, incluso fuera del poder, López Obrador sigue formando parte del mapa político de la izquierda latinoamericana.
Además, su voz no es la de un ciudadano cualquiera. Es la de un expresidente que conserva un capital político entre millones de simpatizantes. Cada pronunciamiento suyo reabre debates, polariza opiniones y vuelve a colocarlo en el centro de la conversación pública. Incluso desde el retiro, su palabra sigue teniendo algún peso político.
Seguirá haciéndolo porque los liderazgos personalistas rara vez terminan con el mandato constitucional. Sobreviven en forma de influencia moral, de referencia ideológica o de figura tutelar para los movimientos que ayudaron a construir.
En México esa tradición tiene precedentes históricos. Durante décadas se habló del “jefe máximo” para referirse a expresidentes que seguían influyendo en la política nacional aun después de dejar el cargo. La diferencia ahora es que la influencia se ejerce de otra manera. No desde los pasillos del poder institucional, sino desde el espacio público, las redes sociales y el capital político acumulado durante años.
Eso significa que el retiro anunciado en 2024 seguramente nunca será completo. Le veremos nuevas intervenciones, nuevos pronunciamientos, futuros gestos políticos dirigidos a mantener vigente una narrativa personal y un liderazgo simbólico.
Porque hay políticos que abandonan la política cuando dejan el poder y hay otros que simplemente cambian de escenario. López Obrador pertenece claramente a la segunda categoría. Prometió retirarse de la política, pero nunca dijo que dejaría de intervenir en la historia de la que se cree protagonista.