UABJO: ¿Hasta cuándo van a dejar —todos— que se les enrede el proceso electoral?

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Adrián Ortiz Romero

Uno más de los síntomas de la larga descomposición que padece la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, es la inexplicable intromisión de los actores universitarios en la política electoral estatal. Uno de los ex rectores universitarios es hoy diputado federal y ocupa una posición relativamente relevante, desde la que no ha hecho nada por la Universidad. Y de tras de él hay otro que ahora pretende hacer carrera política en el Movimiento de Regeneración Nacional, de Andrés Manuel López Obrador. Sólo quien no tiene vergüenza puede pensar en eso, suponiendo que la UABJO es su capital político y su ejemplo de eficacia.

En efecto, para efectos de la política universitaria que se entrelaza con la política estatal, el exrector Francisco Martínez Neri es un pésimo ejemplo. Lo es porque fue un rector que emergió —como todos en los últimos tiempos— de la confluencia de los grupos internos de la Universidad, y que entregó cualquier tipo de resultado menos alguno a favor de la UABJO. ¿Qué hizo Martínez Neri? Lo mismo que sus antecesores y sucesores: administrar el largo conflicto y los vicios universitarios, con la única mira de tratar de concluir un rectorado sin sobresaltos ni sangre. Ese bien puede ser el leitmotiv de los últimos rectores, que sólo parecen tener esa meta. Sin embargo, y contra todos los pronósticos, Martínez Neri logró ir más allá.

¿Por qué? Porque su tiempo como rector coincidió con el del conflicto popular y magisterial de 2006 en Oaxaca, y desde entonces él se involucró con los grupos que primero respaldaron el movimiento social, y que después fueron aliados de Gabino Cué cuando, cuatro años después, ganó la elección al gobierno de Oaxaca. Únicamente por respaldar el conflicto, y por permitirle a la APPO las instalaciones universitarias, Martínez Neri fue considerado dentro de las candidaturas a las diputaciones locales, que ganó por las inercias electorales de 2010 y no por un liderazgo verdaderamente afianzado.

Esas mismas inercias, combinadas con el desdibujado PRI que hay en la mayoría de las zonas urbanas de Oaxaca, fueron las que le permitieron también ser diputado federal, a pesar de que los antecedentes de Martínez Neri no son envidiables ni como rector, ni como diputado federal, ni como efímero Secretario de Culturas y Artes de Oaxaca durante el gobierno de Gabino Cué. Y, básicamente, lo que sí logró fue poner el —mal— ejemplo de que se puede seguir haciendo carrera política a pesar de haber sido un mar rector, un mal legislador, y un gris servidor público.

Por eso, hoy se asume en la UABJO que los rectores sí pueden salir de la palestra universitaria para convertirse en políticos, y que además de ser políticos comunes pueden llegar a ser políticos exitosos. Pues de nuevo, el ejemplo de Francisco Martínez Neri como diputado federal, y como coordinador de su bancada en la cámara baja, vuelve a salir a relucir como un engañoso reflejo del esfuerzo y del éxito político a pesar de los antecedentes.

Pues al final resulta que a pesar de lo que se diga, la UABJO sigue siendo un ejemplo pernicioso de vicios, de abandono institucional, de desinterés por parte del gobierno estatal, y de bajos resultados globales en todo lo que tiene que ver con lo académico. Pues antes y después de Martínez Neri, la UABJO ha seguido gobernándose a partir de los cacicazgos, de la violencia, del porrismo y de los vicios de corrupción que someten a cualquier tema académico. Ese es el saldo de Martínez Neri —compartido con los demás rectores— que nadie parece considerar. Pues la “moda” indica que sí se puede hacer carrera política a pesar de eso.

Quizá ese sea el ejemplo de Eduardo Martínez Helmes que, ahora en Morena, quiere seguir los pasos de uno de sus antecesores.

DE LO MALO A LO PEOR

El rectorado de Eduardo Martínez Helmes constituyó la cúspide —y el inicio de la decadencia— del cacicazgo universitario de su padre, el también ex rector Abraham Martínez Alavés. Fue así porque luego de poner a otros rectores —entre ellos a Martínez Neri—, el cacique decidió heredarle el poder a su propio hijo, que no tenía más mérito que ser un burócrata de la Universidad, e hijo de quien es.

Con Eduardo, Abraham Martínez pareció llegar al máximo de su obra dentro de la UABJO y ahora quieren intentar que esa capacidad política perdure. ¿Cómo? Siguiendo los pasos de Martínez Neri en la búsqueda de una diputación local. Por esa razón, hay acercamientos muy concretos con Morena y lo que tratarán de afianzar es que éste partido asuma que Martínez Helmes tiene el control de la Universidad, y que ésta será un semillero de votos a favor de López Obrador, y de los candidatos de Morena en Oaxaca.

Si eso lo pudieran suponer en Morena a la luz de los resultados del rectorado de Martínez Helmes, están equivocados. Éste concluyó en medio de un escandaloso señalamiento de corrupción y de complicidad con el régimen anterior en la entidad, específicamente con el “facilitador” de Gabino Cué, Jorge Castillo Díaz, en el manejo del presupuesto universitario. Además, Martínez Helmes fue no sólo uno de los principales promotores del porrismo y de los vicios académicos de la Universidad —la venta y el tráfico de calificaciones entre maestros y alumnos, por decir lo menos, vive uno de sus momentos de mayor jauja en todos los tiempos—, sino también el sepulturero de la delicada concordia universitaria.

Helmes dejó a la Universidad en medio de dos graves conflictos en las dos principales y más pobladas facultades, y lo hizo únicamente tratando de controlar la administración universitaria desde la rectoría. Hoy parece que esos intentos de control están fracasando porque las inercias al interior de la UABJO han resultado ser aún más complejas de que lo que se previó. Es cuestión de tiempo para que, de no atenderse —como hasta ahora—, estalle la violencia que en buena parte se deriva de los desesperados intentos de control de la familia Martínez Helmes en sus dos principales bastiones.

Y el problema es que, a pesar de todo eso, los Martínez —conocidos como ‘la familia real’— siguen asumiendo, y vendiendo la idea, de que ellos controlan la universidad. No reconocen —porque no les conviene— que no es lo mismo ejercer un control clientelar al interior de las aulas, que en un proceso electoral abierto y real. Tampoco dicen que una elección constitucional no se gana con porros ni con tráfico de calificaciones. Y mucho menos hablan de los devastadores resultados de Eduardo Martínez Helmes, primero como rector, y luego como operador político.

Hoy la Universidad ya se les fue de las manos y su poder como cacicazgo está en franca decadencia. Por eso, en términos contantes y sonantes, lo único que les queda es la apariencia y el ejemplo de Martínez Neri, de que se puede seguir haciendo política a pesar de sus respectivas herencias como rectores.

ECOS DE VIOLENCIA

Hay una versión que apunta a que la inestabilidad universitaria tiene que ver directamente con la presencia de Eduardo Martínez Helmes en el templete, el 21 de marzo que se realizó el mitin de Andrés Manuel López Obrador en Oaxaca. ¿En el gobierno estatal siguen sin entender ni calcular la necesidad urgente de intervenir institucionalmente en los problemas universitarios, para evitar que se desborde la violencia? A estas alturas, si quiera pensar en la sola posibilidad de un “incendio controlado”, resulta tan riesgoso como insistir en jugar a la ruleta rusa con la gobernabilidad del estado. Y de por sí, ya hay demasiados problemas en Oaxaca, como para seguir insistiendo en ello.

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