PRI Oaxaca: su derrota la construyeron ellos

Adrián Ortiz Romero

+ Traiciones y pugnas pudieron más que EPN

La monumental derrota del PRI en Oaxaca era un hecho que podía preverse desde mucho tiempo atrás. Aunque en el ámbito nacional tenían un candidato presidencial con gran fortaleza, y un equipo electoral con gran capacidad de movilización e inducción del voto, lo cierto es que en Oaxaca nadie estaba comprometido con nada. Las heridas de la derrota de 2010 continuaban supurando. Y en esta ocasión, quedó claro que los agravios pudieron más que un interés partidario que todos demostraron no tener.

En efecto, si alguien tiene ánimo de preguntarse por qué perdió el PRI en Oaxaca de la forma en que ocurrió, tendría que ir a algunos hechos concretos. Si hacemos un recuento somero de esos factores, necesariamente debemos pasar por los hechos del 2010, para luego entender la construcción de una disidencia artificial, y finalmente entender cómo ocurrieron, y qué incluyeron los acuerdos cupulares con los que según se sanaron las heridas y se unificó al priismo oaxaqueño. Si todo eso fue siempre un desastre, la construcción de las campañas en la entidad no fueron la excepción. Y a partir de ello se generó una derrota de la que, lo acepten o no, son responsables todos.

Ante tal cúmulo de hechos, es necesario ir por partes. Pues, aunque en primer término la derrota electoral del PRI en 2010 parece un acontecimiento lo suficientemente analizado, es claro que de ahí parten algunos factores fundamentales que derivaron en esta elección, en este escenario y en esta derrota. ¿Por qué? Porque, en esencia, los agravios del priismo oaxaqueño, y del otrora grupo gobernante, no partieron de la derrota, sino de la determinación arbitraria en el reparto de un poder que aún no tenían.

Y es que en aquellos tiempos, el entonces gobernador Ulises Ruiz inclinó la balanza sobre la sucesión en favor de Eviel Pérez Magaña, dejando con ello agravios en los otros cinco aspirantes priistas a sucederlo. Para legitimar su decisión, Ruiz utilizó al PRI para simular un proceso democrático de elección interna del candidato; aunque lo cierto es que nunca consensó su decisión ni permitió una cesión correcta de poder entre los otros aspirantes, que permitiera el tránsito de su candidato hacia la gubernatura.

Como nunca hubo arreglo, entonces todos optaron por la traición. Como pudo, se hizo un intento del reparto del poder, pero fue evidente que nadie se quedó conforme. Entonces vinieron las traiciones y los desánimos. Y por esa razón, la indolencia y la simulación dentro del mismo PRI, permitieron el paso libre de los opositores, y el derrumbamiento de una campaña proselitista que no tenía un mal planteamiento ni contaba, hablando en términos estrictamente electorales, con un mal candidato.

Con los resultados de 2010 todos quedaron enojados. Todos se sintieron agraviados por las malas decisiones, pero nadie asumió las consecuencias. Lo cierto es que, ante lo poco que quedaba del gran poder que ostentaron, cada quién tomó lo que pudo y se puso inopinadamente a cuidarlo.

Como todos se convirtieron adversarios de todos, y como muchos envidiaban el poder de sus compañeros-adversarios de junto, entonces inició una guerra interna en la que no hubo posibilidad de ponerse de acuerdo en quién debía conducir el proceso de transición hacia la oposición, y en el que muchos se asumieron como depositarios del PRI y lo mismo trataron de llevarlo a la oposición radical o al choque, que a la concertacesión y a la entrega total a los intereses oficiales, a cambio de beneficios personales.

En ese escenario nació, además, una disidencia que era, y sigue siendo, financiada desde el sector oficial. Propios y extraños comenzaron a exigir democratización del partido. Pero nadie tenía voluntad para verdaderamente deponer sus intereses personales, en aras de la reconstrucción del partido.

Nunca hubo posibilidad de diálogo, porque los priistas “oficiales” (los que se habían quedado con el partido) nunca tuvieron disposición para dialogar; pero también porque los disidentes tenían claro que su objetivo era desacreditar a la dirigencia, antes que tratar de concretar un arreglo verdaderamente democrático, que los incluyera a todos.

MAL ARREGLO

En eso estaban los priistas oaxaqueños, en medio de una —literal— batalla campal, cuando el CEN del PRI decidió ocuparse del tema Oaxaca. En la cúpula nacional priista, el secretario de Organización del CEN, Miguel Ángel Osorio Chong, propuso un arreglo en el que, supuso, alinearía a todas las fuerzas y reordenaría al priismo oaxaqueño.

Su gran solución consistió en convocar a los ex gobernadores priistas de Oaxaca para proponerles un reparto tanto de las posiciones partidarias, como de las candidaturas a diputaciones federales y al Senado de la República. Creyó que con eso involucraría a todos en el trabajo electoral, pondría en juego sus propios intereses, y los obligaría a alinearse en torno al trabajo político del PRI, y del candidato presidencial, Enrique Peña Nieto.

Osorio no calculó que Oaxaca era ya un caso aparte. Primero envió a Arturo Osornio como delegado especial del CEN para que él “aterrizara” el arreglo que sí aceptaron los ex gobernadores; aunque ya aquí, éste se dejó cooptar abiertamente por lo que quedaba del ulisismo en las posiciones partidarias del PRI. Esto enconó todavía más a los otros grupos.

Y ya en medio de la campaña, con las diputaciones y las posiciones partidarias repartidas según el criterio del arreglo cupular, el CEN priista envió a Jorge Sandoval Ochoa —un viejo lobo en la operación electoral en entidades donde el PRI es competitivo como fuerza de oposición— para tratar de que condujera la campaña.

Éste trató de hacer lo que pudo, hasta que se dio cuenta que aquí había intereses opuestos a los de cualquier priista en el país: aquí, todos estaban dispuestos a ver una derrota priista, con tal de ver hundidos a sus adversarios internos. Por eso hubo traiciones, abandonos, acuerdos con la oposición y cero arriesgue de recursos para las campañas. Esa es sólo una parte de la película. Mañana seguiremos con otros aspectos que explican a detalle esta gran derrota.

EXTRAÑA DECLINACIÓN

Es la que hizo Rosalinda Domínguez como candidata a diputada federal por el PRD en Juchitán. Con el recuento de votos fácilmente podría ganarle a Samuel Gurrión. Sin embargo, sorprendentemente dijo a la dirigencia perredista que aceptaba la derrota y se retiraba de la contienda. ¿Cuánto costó esa sospechosa declinación? No hay otra explicación posible. Abundaremos.

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