Los temores causados por la eventual cancelación del NAIM son reflejo del fracaso del modelo federal en México

Adrián Ortiz Romero

Es posible que cuando se disipe la polvareda que ha causado la intención del candidato presidencial de Morena, Andrés Manuel López Obrador, de cancelar la construcción ya en marcha del nuevo Aeropuerto Internacional de México, se alcance a ver que esta propuesta no sólo refleja la vocación rupturista de quien la ha planteado hasta machacarla en medio de la campaña presidencial, sino que también deja ver que como no existe en el país una inversión federal tan relevante en lo económico y social como el nuevo aeropuerto, entonces fue eso lo que lo volvió un blanco clave para tratar de demostrar su engañosa voluntad de cambio. Esta es una muestra más de cómo, a pesar de todo lo que se dice y se siga diciendo, el federalismo mexicano falla gravemente en lo que corresponde al fomento del desarrollo.

En efecto, una de las intenciones del federalismo es provocar un crecimiento económico y el logro del bienestar en todas las partes que integran la unión. Esto es, pues, que el federalismo no es únicamente parte de un sistema político ni tiene sólo intenciones o fines relacionados con la división de poderes o el reparto de facultades en una República. Más bien, el federalismo se expresa en un sinnúmero de temas que vale también la pena revisar, aunque en México sólo sirva para reconocer que, a diferencia del estadounidense, por ejemplo, nuestro federalismo está lleno de contrastes no sólo en las decisiones políticas o en las leyes, sino también en el tipo de desarrollo de las economías locales.

De hecho, en este espacio hemos apuntado a lo largo de los últimos años el hecho de que todas las reformas impulsadas por el gobierno federal con el regreso del PRI, tuvieron un claro ánimo centralizador. Por eso en cada una de las reformas, uno de los temas de fondo radicaba siempre —como una especie de leitmotiv— en quitarle espacios y vertientes de decisión a los estados o a otros poderes, para regresárselos al poder federal. El argumento de justificación apunta a que los estados no fueron capaces de darse orden por sí solos, y que por ende es una medida emergente que esas facultades retornen a la Federación (que, se infiere, es fuerte) para que ésta reimplante lo perdido.

Esto puede ser parcialmente cierto, pero también lo es que esa no es una expresión de federalismo. Pues éste implica de fondo la necesidad de que la federación se fortalezca para luego darle a sus partes integrantes los elementos necesarios para que éstos también alcancen su desarrollo. Esto no ha ocurrido en México, y por eso tenemos a un gobierno federal fuerte frente a entidades federativas desordenadas, incapaces, débiles y, por si algo faltara, muchas de ellas pobres y un panorama general de enormes desigualdades.

Y es que si revisamos, Estados Unidos, por ejemplo, ha demostrado que un federalismo bien planteado puede generar economías de potencial mundial. Por eso no es raro que Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Washington, Houston, Dallas, Filadelfia o Boston, entre otras, se encuentren entre las veinte ciudades con mayor Producto Interno Bruto del mundo, y que la Unión Americana sea el país que tiene más ciudades tan desarrolladas que por sí solas podrían ser economías independientes y con capacidad de competir con grandes países como Japón, Francia o Korea del Sur.

Si vemos este asunto en un mapa, veremos que a pesar de que Nueva York y Los Ángeles son ciudades distantes de polo a polo, que tienen muy poco en común, y que corresponden a contextos políticos e históricos totalmente distintos, ambas tienen un potencial de desarrollo que sólo puede explicarse a partir de la decisión de Estado de fortalecer todas las regiones del país a la par, sin hacer distinciones de norte o sur, este u oeste, o cuestiones que en México son tan marcadas que lo tomamos como algo natural. Pues de ser así, entonces Chiapas y Nuevo León deberían de tener un desarrollo más o menos similar, y lo cierto es que Nuevo León es la segunda economía local del país, y Chiapas junto con Oaxaca se encuentra en el sótano del desarrollo.

PARADOJAS

Y es que el pobre desempeño que tiene la economía mexicana, ni es pobre en todos lados, ni aplica generalmente a la economía. Decir que México no crece es olvidar que en nuestro país hay estados que durante ciertos periodos bien podrían ser clasificados como tigres asiáticos, conviviendo con entidades que sufren crisis económicas de proporciones similares a la griega. El problema no es que México no crece, sino que crece a 32 pasos diferentes. Unos estados avanzan a la par que otros le ponen el pie.

En medio de todo esto, se encuentra el caso del aeropuerto, al que deberíamos ver como un verdadero símbolo de lo mejor y lo peor de este modelo que nos rige. Pues es cierto que dicha terminal aérea está proyectada para ser una de las más importantes del mundo y, de hecho, la segunda mayor de todo el orbe. Es también cierto que tiene una proyección de utilidad para los próximos 100 años y que representa un triunfo de las capacidades de la ingeniería mexicana —aún con la sombra de la corrupción que, independientemente de lo que diga AMLO, no deja de ser un tema sensible no sólo para esa obra, sino para todas las inversiones públicas del país—.

Aún así, queda claro que dicha inversión podría no ser ni la única ni la más grande que pudiera estar haciendo el gobierno federal mexicano, si hubiera actuado con mayor responsabilidad durante los años de jauja económica que precedieron a la época actual. Es cierto que la obra aeroportuaria es importante; sin embargo también es cierto que las capacidades tanto del gobierno federal como de los estatales están hoy tan reducidas, que por eso mismo cuando una sola obra está en riesgo por las proclamas de campaña de un candidato presidencial, toda la economía tiembla, junto con los magnates y los inversionistas, y todos los que están viendo cómo desde dentro le dan golpes de muerte a esa obra totémica de la infraestructura mexicana, que es la única de esa envergadura que se ha podido concretar en los últimos años.

CAPRICHOSOS

Todo eso debería tenernos preocupados a todos. Máxime cuando lo que la está poniendo en riesgo, es justamente el capricho y la testarudez de una sola persona, que no ha podido explicar ni convencer sobre su convicción por eliminar la obra, y que tampoco ha presentado un proyecto alternativo convincente y viable que alivie la incertidumbre de los inversionistas. Ese parece ser algo así como el peor escenario, para un país en el que toda la estabilidad emocional y económica en general, depende de una sola voluntad, y de una sola obra.

 

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