Algunas consideraciones sobre la renuncia de Alejandro Avilés a Segego

+ Escándalo por helicóptero, gota final de una crisis desde antes conocida

Adrián Ortiz Romero

La noche del jueves, mediante un comunicado se dio a conocer que Alejandro Avilés Álvarez había renunciado a su cargo como titular de la Secretaría General de Gobierno. Esto ocurrió luego de que se diera a conocer, la tarde de ese mismo día, que los hijos del ahora exfuncionario, habían viajado a Puerto Escondido en una aeronave del Gobierno del Estado en plan vacacional. Esta dimisión cimbró a la clase política estatal en plenos días de asueto. Por lo que deben considerarse algunos elementos para entender este cese fulminante como parte de un problema mayor que enfrenta el gobierno estatal.

En efecto, hay algunas consideraciones que permiten ver que el escándalo por el uso indebido de un helicóptero, fue el elemento que determinó esta primera decisión que moverá toda la estructura orgánica del gobierno estatal, pero que además de éste hay que considerar otras variables y antecedentes; también, este hecho debe ser visto como una demostración, para los mismos integrantes del gobierno, respecto a las prioridades de su actuación y a la poca sensibilidad con la que han actuado en estos cuatro meses de gestión.

En un primer plano, es necesario asumir que la caída de Avilés se da por una suma de factores, y no por un hecho fortuito. Habría que comenzar por la forma en cómo el ahora extitular de la Segego había sido impermeable a todo tipo de crítica y señalamiento por sus prácticas primero como operador político, luego como dirigente partidista, y finalmente como líder cameral; todo eso, antes de ocupar la responsabilidad de la que fue separado el viernes en la Secretaría General de Gobierno.

Avilés era uno de esos políticos que gozaba abrevando una imagen controvertida. Por eso nunca se preocupó por recomponer esa imagen que, con la fuerza de reiterados señalamientos, se construyó desde hace mucho tiempo como un vendedor de candidaturas, como un negociante de paz social y de estabilidad en los ayuntamientos, y como un operador que siempre buscaba sacar provecho político y personal de cada situación en la que se veía envuelto.

Primero como operador electoral, se le acusó de ser un traficante de candidaturas; luego como dirigente priista, de ser ya no sólo un comerciante de postulaciones, sino también un líder ventajoso que pretendía provecho económico antes de que se realizaran las votaciones. Y como pastor cameral fue el principal manejador de los recursos que ahora son una gran incógnita, en la Legislatura más cara (pues ejerció mil 800 millones de pesos en tres años, que ahora están extraviados en la opacidad y la discrecionalidad total) y más improductiva de la historia.

Aún con todos esos antecedentes, a Avilés le fue concedida la Secretaría General de Gobierno por dos razones: primero, como pago a sus servicios al grupo que impulsó la candidatura de Alejandro Murat; y segundo, como una cuestión casi irremediable: en un escenario en el que abunda la inexperiencia, él parecía el más aventajado de todos, y era el que ofrecía cierta certidumbre sobre el control de grupos que pudieran ser un dolor de cabeza para el gobierno. No es honorable —decían—, pero es eficaz. El problema es que rápidamente vieron, ya después del 1 de diciembre, que la gobernabilidad del Estado implicaba mucho más que las grillitas partidistas y las intrigas putrefactas de las que Avilés había demostrado ser experto.

MALOS ANTECEDENTES

Todos sabían que el gobernador no le toleraría a Avilés escándalos como a los que él estaba acostumbrado. El 7 de diciembre apuntamos en este espacio que el gobernador Murat había demostrado pragmatismo al plantear su administración, que ahora debía ser entendido por sus funcionarios. ¿Entenderán todo esto los funcionarios recién designados?, nos preguntábamos.

“Vale repasar —decíamos— ejemplos que, por sus antecedentes, en los primeros días de gobierno comienzan a verse como potencialmente problemáticos, y que a menos que entiendan a cabalidad el mensaje, durarán poco tiempo en el gabinete a partir de la idea de que, a diferencia de mandatarios como Gabino Cué, Alejandro Murat no estará dispuesto a pagar costos políticos por otros, que decidió no pagar ni por él mismo.

“Uno es Alejandro Avilés, que fue nombrado secretario general de Gobierno, aún cuando carga un fuerte desgaste por la larguísima cadena de señalamientos que pesan en su contra en el interior del Estado por la venta de candidaturas al interior de su partido, y más recientemente por su intrigante papel en el Congreso del Estado. Con todo ese lastre, Avilés está obligado únicamente a desempeñar un papel excepcional como encargado de la política interna del Estado, antes que tratar de intentar cualquier acción que le importe señalamientos como los de su pasado. Esta tentación, lo llevaría fácilmente a ser cesado, por un Gobernador que, como lo hemos dicho, ha demostrado no querer cargar con esos señalamientos sólo para mantener un compromiso político.”

Queda claro que esto tan lógico, no lo entendió Avilés. Quién sabe si le pusieron un garlito, o si era una cuestión cotidiana, pero él decidió que su hijo viajara a la playa en un helicóptero oficial. Quizá menospreció que por una situación similar cayó David Korenfeld de la dirección de Conagua; que por algo muy similar hoy están procesando a Emilio Lozoya cuando fue director de Petróleos Mexicanos; y que hay una acusación similar que tiene en capilla al gobernador de Chihuahua, Javier Corral Jurado. Si alguien lo invitó a usar la aeronave para ponerle un cuatro, Avilés pecó de candidez para ser defenestrado.

Sin embargo, ello no debe ser obstáculo para ver que su gestión como secretario de Gobierno fue más problemática que ese episodio aislado. En este espacio reseñamos con amplitud desde los primeros días de la administración, como Avilés desconocía por completo el manejo del conflicto magisterial. Eso lo llevó a cometer errores tan graves como el de exponer al gobernador a una agresión física el 21 de marzo, cuando convalidó la idea de que visitara el monumento a don Benito Juárez en San Pablo Guelatao, a pesar de los riesgos por la presencia magisterial, y por su pésimo manejo y previsión política ante una posibilidad como la que finalmente ocurrió.

Avilés también se vio envuelto en un problema grave al desatender las instrucciones del gobernador relacionadas con los administradores municipales. Era público que todos los administradores respondían a sus intereses, y que por un sentido de avidez económica no cumplieron la instrucción de avenir a las comunidades para que en un lapso de 30 días realizaran los comicios extraordinarios, prefiriendo priorizar la asignación de obra pública y la disposición de los recursos de esas comunidades. Hoy, muchos de los conflictos poselectorales que ahogan a la capital tienen que ver con el capricho de Avilés de mantener a los administradores en contravención de las instrucciones del gobernador.

RELEVO

Hoy que Avilés es el primero que cae, no falta la rapiña que va ya no tras sus despojos, sino de lo que representa la Secretaría General de Gobierno. Ayer mismo ya se barajaban varios nombres, que van desde lo asequible hasta lo inaudito. Como posibles relevos mencionaban por ejemplo a Francisco Ángel Villarreal, a Celestino Alonso, al secretario de Administración Javier Villacaña, y hasta a personajes como Adolfo Toledo Infanzón o María del Carmen Ricárdez Vela, que ni bien se secaba la tinta de la renuncia de Avilés y varios de sus promotores ya la estaban candidateando como posible sucesora. Finalmente, la decisión que se tome debe ser de gran calado, porque nadie debía descartar la reacción de los enloquecidos incondicionales de Avilés que seguramente buscarán venganza desde regiones como la Costa o la Cuenca del Papaloapan.

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