‘Vamos a estar peor’, economía y género en Juchitán

Renán Martínez Casas / Fotos cortesía de Daniel Villa

Juchitán de Zaragoza, Oax.- Diana se inclina, toca la frente de Tláloc. Lo mira con ternura, le ayuda a acomodar la delgada colchoneta sobre la pila de láminas de plástico que han llegado al centro de ayuda para los damnificados de los terremotos de septiembre en Juchitán.

“La situación que estamos viviendo, lo que yo veo es devastador, comenta a un voluntario mientras le cura la mano lastimada. La economía no se está dando como debería de ser. Estamos en una situación en la que se necesita echar a andar muchas propuestas por que realmente esto es muy caótico. No hay trabajo, no hay comida. Como no hay comercio, no hay ingresos.”

Enfermera zapoteca Diana Luis trabaja doce por doce. Voluntaria, dedica al menos tres de sus doce horas de descanso a apoyar a sus hermanos.

Alcohol, gasa y venda, manos expertas que sanan y a veces consuelan, Diana analiza, opina. “Las mujeres nos caracterizamos por ser muy trabajadoras aquí en el Istmo. Las familias son muy numerosas, la mamá tiene que solventar, tiene que ver, que buscar cómo darle de comer a los hijos. Se necesita impulsar el trabajo.

“Las mujeres, muchas, muchísimas somos madres solteras. Yo tengo una carrera, un trabajo, un ingreso seguro, pero también tengo necesidades, sacar a mi hijo adelante. Pero muchas madres solteras están sufriendo ahorita con dos o tres, hasta incluso cuatro, cinco hijos. ¡Híjole!, cómo le hacen para poder dales de comer a esos nenes. Y del esposo o del marido, la pareja, el novio o lo que sea, el amante, digamos, eso ya está demás, no es como para mencionarlo. O sea, ¡ya!

La fatídica noche del siete de septiembre, en un terreno en que habitan cuatro familias, sólo ella y su padre, conservaron la calma en medio del miedo, el caos y la histeria.

“Es una situación muy dura. Y esto, pues va de largo. Haciendo un análisis, yo pienso que de aquí en tres, cuatro, cinco meses, más, un año, dos años, no sé cuánto tiempo más, esto va a ir empeorando todos los días. Porque esto es reciente, muchas personas y organizaciones se han sumado a la causa de estar apoyando con los víveres que nos llegan. Pero ya se empieza a dejar de apoyar, como que ya se va olvidando. A veces me pongo a pensar con mi tacita de café y llego a una conclusión: de aquí a que vuelva a ser lo mismo va costar muchos años, va a costar muchísimos años”.

Su trabajo en una clínica particular que ofreció servicios gratuitos, le permitió auxiliar a muchas personas los primeros diez días. Obligada a mantener el aplomo, conoció la mirada del drama humano.

“Analizaba con mis compañeros de trabajo, por ejemplo, que ya se han formado cuadrillas de trabajadores que se han ido a ofrecer a las casas que aún no se han demolido pidiendo que se les pague. La solidaridad, la ayuda mutua también se está perdiendo por la misma necesidad de las personas de solventar los gastos de sus familias. Eso ya viene desde la segunda o tercera semana del sismo.

“Ya se está viviendo, ya se ve mucho, mucho conflicto entre mismos hermanos, mismos vecinos, ya empiezan con riñas. En la calle. Y se está poniendo feo por la misma necesidad, la injusticia, el enojo.”

Vinculada con la radio comunitaria desde hace 10 años, Diana asiste a las pláticas que ahí se dan acerca de cómo hacer barro, de bordado, de seguridad en las marchas a las que asiste o de zapoteco. Al principio invitada por sus hermanas y su madre, después por sí misma hasta que se fijó días para acudir. Ahí, ahora que la estación es un centro de ayuda humanitaria, clasifica medicinas, material de curación, arma botiquines que distribuye entre los médicos del barrio y hace conciencia.

“Desde las primeras horas cuando amaneció después del sismo del 7 de septiembre nosotros no vimos apoyo del gobierno, para nada. Y hasta ahorita. Yo no veo el apoyo del gobierno federal ni estatal, todo el apoyo que estamos recibiendo es de la sociedad civil, ente la mismas familias nos estamos apoyando. Aquí del gobierno no hemos recibido nada y pues tampoco lo esperamos. De algún partido político, menos.

“Me da tristeza, dice Diana, hace un largo silencio y la mirada profunda de sus grandes ojos negros se pierde en el vacío, lloro, porque no hay comercio, no hay trabajo, no hay comida y nosotros, tener que estar pagando los impuestos, pues es muy triste y me da coraje, me gana esa rabia y siento tanta impotencia al no poder ayudar a todos mis hermanos, mis paisanos. Porque todos ahorita tenemos una gran necesidad. Me da  mucha tristeza verlos así, estamos viviendo en la calle, hacinados en nuestros campamentos. Si teníamos pobreza, vamos a estar peor, si vivíamos en pobreza extrema, ¡híjole!, ¡nombre!, vamos a recibir el 2018 aún peor.”

Vuelve a casa Diana en mototaxi sin perder la sonrisa. Lleva consigo a Tláloc, su hijo de 8 años, enfermo, con un poco de fiebre. Le espera una larga noche. Una más. Lleva consigo también una esperanza. “Me encantaría que las personas que vienen de fuera en apoyo de nosotros los damnificados trajeran proyectos, propuestas para poder, no sé, quizá llevar un poquito de control, porque todo esto ya se salió del control en el sentido económico. Cómo impulsar el trabajo nuevamente, nuestra economía, el comercio otra vez. Cómo tener un pequeño trabajo, algún ingreso para que podamos reconstruir nuestras pequeñas casitas, para recuperar lo que nosotros perdimos con los terremotos.”

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